viernes, 24 de septiembre de 2010

Cosas que hacen que la vida merezca la pena VI

Ese dormirme frente a las olas de una playa de Letojanni a principios de verano para volver a mí y recuperarme de inviernos con clase y adolescentes. Esas líneas exactas de Cortázar que nos recuerdan que andábamos sin encontrarnos pero andábamos para encontrarnos y tantos de sus cuentos, por ejemplo, ese maravilloso La salud de los enfermos donde un trozo de literatura se va apropiando de la vida de algunas personas. Aquel mirar al Coliseo de Roma durante horas sin pensar en nada, pensando en todo, pensando en nada. Ese maravilloso Palabras para Julia que Kiko Veneno convirtió en canción. Todos los poemas con voz de Leonard Cohen donde el lirismo de piezas como First we take Manhattan hace que uno vuelva a creer en la música. La escena final con cítara de El tercer hombre. Tardes de martes, miércoles, viernes en Granada con amigos. Una ciudad por descubrir y muchas más. El último día de una adolescente en una ciudad que ya le es sumamente pequeña. No dejes de mirar atrás, no, pero el camino está en otra parte, como ya sabes, y sabrás, imagino, pronto. La Sevilla de Cernuda, la Sevilla de Machado, la Sevilla de Cervantes porque hay ciudades que tienen magia cuando se hacen íntimas y sobreviven a sus tópicos. Sevilla, lo dijo Machado, sin sevillanos. Volver a sonreír porque sí, porque uno ha vivido con la tristeza del payaso abandonado durante demasiado tiempo. Ese cómic de calidad estratosférica que es El arte de volar: tanta dignidad con dolor para al final. Ese descubrir hace siglos a Mafalda y hacer que otros lo descubran contigo porque hay días, como todo el mundo sabe, en que cuanto nos apetece es que alguien pare el mundo porque queremos bajarnos de él. Salir a la calle y que haya gente. Los monólogos inteligentes de Buenafuentes y esas parodias de personajes históricos en Hasta el fondo. La inteligencia, siempre; el humor, mucho más. El sarcasmo, siempre, el sarcasmo, por defendernos del mundo con coraza. Hacer que la pequeña parte del mundo en la que vivimos, intentarlo al menos, sea un poco mejor, sea un lugar digno en el que vivir. Intentarlo, al menos. Las risas con Laura, y ese bastardoooo con el que me hace reír tantas veces. Ese paseo por Roma sin paraguas, ese paseo por Erfurt con nieve. El chocolate artesanal. Esos helados hechos fantasías de una calle de Nápoles en la que el sol nos dijo hola con demasiado cariño. Saber que hay gente que estuvo en tu vida y ahora sigue creciendo. Algún que otro poema de Ángel González que se rio de un régimen que todavía tiene raíces en esta tierra. Berlanga, siempre Berlanga, el director que sí reflejó el alma negra de una sociedad que inventó el término pícaro. Berlanga y Plácido. Berlanga y Bienvenido Míster Marshall. Berlanga y El verdugo. Algún profesor que otro que se hizo amigo. Algún estudiante que otro que se hizo amigo. La Alhambra, casi en los dedos ahora. Sierra Nevada, casi en los dedos ahora. Caminar y sentir una brisa fría en las mejillas. Llegar a Leonard Cohen a través de Lorca, llegar a Lorca a través de Leonard Cohen. Ese disco sublime, Blue, de Joni Mitchell. A love supreme, de John Coltrane. Descubrir que hay gente que escribe líneas, versos, como éstas: pareces tan bonita así sin aceras a pesar de sus edades. Haber estado en muchos de los escenarios en los que se rodó El padrino, de Coppola. Caminar y sentir Sicilia, esa isla entre montañas en la que eres otro, en la que todo te invita a vivir. Ahora, otra vez, durante meses caminarás entre montañas. Salir a la calle y escuchar que hay gente, y que la gente habla. Hay calles con vida, son calles del sur. Es el sur, es mi sur, siempre el sur.

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