martes, 21 de septiembre de 2010

La vida como caos V

De repente, apareció Granada. Y alguna que otra posibilidad, capital, pueblo de sierra o pueblo con playa. Y recordaste. Pueblo con playa, nunca ha sido bueno para un profesor, no demasiado, aunque a todo ha de haber, imagino, excepciones. Apareció gente nueva en el camino porque es lo que tiene que andar, que siempre hay alguien que se acerca a tu paso y pregunta, tú, de qué pie cojeas, y a ver, vives solo, aquí o en Granada, está tan cerca, preguntan. Pero siempre ha sido mejor el pueblo, siempre la ciudad, siempre conocer el entorno de aquellos de los que aprenderás, esperas, un poco y más, un poco y menos. Nunca se sabe. De repente, apareció Atarfe, y aparecieron un abrazo, alguna mirada ingenua, muchas esta vez, por una vez demasiadas. Y alguna sonrisa, y el placer, otra vez el placer de volver a hacer lo que más te gusta y no olvidarme en el intento. Y ese, hey, si te sientes solo, no olvides llamarnos, anda, que te conocemos. Y una tarde de lunes con un amigo de bar en bar por las horas de Granada. Se respira libertad, se respira vida, se traspasa una pena, que diría alguien. Y hay gente que se ve menos pero no se ha perdido y nos encontramos en una ciudad que casi no pisamos ya ninguno por vernos un rato, por vernos una noche, cansados y agotados como estábamos pero nada mejor que las palabras entre amigos, y algún que otro silencio. Y adolescentes que visitan otras ciudades, se acercan a Granada, a Sevilla, a Madrid y les puede el miedo a veces, les puede el miedo y devoran un poco de chocolate y luego más, tabletas completas a veces, porque es la vida, y es caótica, y la vida es un error y es improbable pero estamos vivos y nos debemos a ella, y el miedo existe, sí, y también la soledad, perder un lugar para encontrar otro aunque hay lugares con magia en que se nos olvida que nuestros dedos escriben líneas con sentido en cuadernos que sólo han leído nuestras pupilas. Ayy, amor, devuélveme la vida, ayy, amor, dueño de la realidad. Y es bueno a veces saber que no estamos solos y hay en nuestras manos algún beso de buenas noches que nos hace dormir mejor, dormir en paz aunque no haya labios que duerman en nuestras mejillas ahora. Y hay penas que se hacen grandes y no sabemos que hacer con ellas aunque la traspasemos, aunque la demos, baratita tú la des. Pero hay penas, penas de soledad y miedo que viven un momento en nosotros y luego otro. Y hay chocolate que devoramos porque no sabemos cómo enfrentarnos a un viaje en tren en el que no tenemos claro, no todavía, no tenemos nada claro si nos hemos ido o hemos llegado, perdidos como estamos entre una mirada que nos dice adiós y tantos ojos que no saben si decirnos hola. Qué más da, no ahora, claro, nunca al principio, qué más da, si hay calles donde la vida surge sin por qué, donde hay canciones que lo dicen todo, palabras que nos devuelven a una plaza del sur en la que tantas veces hemos entretenido porque las mejores historias, dice la gente, se escriben para pasar el rato, para entretener, para conmoven a un cachito del corazón y hacer que nos salgan alas en los pies porque a veces volar nos salva, nos hace más nosotros, y hay tardes de librería de segunda mano en los que uno encuentra citas que uno imaginaba suyos. De repente, el frío, y qué más da, de todo hay que tener, en todo hay que vivir por decir, sí, el mundo, vaya porquería, el mundo, el mejor de los mundos posibles, menudo chiste. Pero la vida, sí, la vida es otra cosa, la vida, y uno sale a la calle por si se encuentra una canción, una escena de cine, un beso de película, un pijama de Mafalda o, sencillamente, una mirada con la que compartir la magia de tardes como esta, en la que todo parece en paz. Y la vida. Sí, la vida.