lunes, 27 de septiembre de 2010

Relatos hiperbreves XXXVIII

Nunca supe por qué me quedé mirándote. La magia de Granada y ese volver por el Paseo de los Tristes, imagino. El cansancio de descubrir una nueva ciudad, sin mapas, sin guías, porque nada como encontrarnos la ciudad en los ojos, nada como dejar que sus calles nos recorran. Allí estabas, haciendo malabares, ebrios tus ojos de alegría, pálida la piel de un norte en el que todavía sé reconocerme algunas veces. Jugabas y reías, recogido tu cabello rubio. Volvías a reír. Hola, dijiste, y seguiste con los malabares. Nunca supe, al principio, porque empecé a encontrarme mal. A veces sonreías y yo no hacía otra cosa que marearme, cada vez un poco más. Se me cerraban los ojos, cansadas las piernas y dolía el pecho. Abrías los ojos y te sabía más cerca aunque fuera ya incapaz de situarte, de encontrarme en esos labios gruesos con los que me sonreías. Tuve que apoyarme un momento, ahora que el mundo se perdía en mis tobillos. ¿Te gusta?- dijiste, y no supe entenderte. Pude abrir los ojos un instante y pude escucharte, ahora sí. ¿Te gusta?- dijiste, es tu corazón, estamos jugando con él.