sábado, 2 de octubre de 2010

Un attimo ancora

Per la mia sorellina Ida

- Deberías saberlo, preciosa. Deberías saber por qué. No sé qué hacemos aquí. No sé para qué sirve ser dulce. La vida, la vida no vale nada.
- No lo sé, Paolo, sólo sé que tú y yo estamos aquí. Y es ahora. A mí sí me gusta decir cosas dulces, escucharlas, y te vendrá bien porque sé que no estás acostumbrado. Y sé que todo el mundo las necesita.
- Pero yo, ya lo sabes, siempre he tenido novias frías, que apenas decían nada, y nunca nunca hablamos de sentimientos. ¿Para qué tenerlos? Para que nos duela una noche de octubre en la que nos quedamos sin nadie, en la que nos quedamos solos. Y otra noche. Y otra. Nos mirábamos sin más, y dejábamos pasar el tiempo. Pensábamos entonces: nada pasa excepto el tiempo. Hay días en que sólo pasa el tiempo, ¿no crees?
- Paolo, te lo repito, ahora estamos tú y yo. Y estás aquí, y hemos estado en un hotel con río, y hemos dejado que esas lágrimas bañáramos nuestras manos, porque tú sintieras algo. Y lloraste entonces, y te sentiste bien, y yo me sentí bien al verte tan frágil, perdido por completo.
- Sí, lo sé, preciosa, y he venido a verte, y estamos aquí, debajo de tus sábanas, desnudos, en cuerpo, y apenas empezamos a desnudar el alma. No estoy acostumbrado y no sé qué decir.
- No digas nada, entonces.
Y Paolo calla y la abraza y ella busca su pecho y su mano toca su corazón y le alegra saber que está vivo y ella la acaricia. Él le cada caricia beso a beso, durante quince minutos, beso a beso en la frente ya húmeda de Ida. Quiere decirle tantas cosas, darle las gracias por hacerle ver los rincones que sus ojos no habían contemplado hasta ahora, decirle, vámonos a la vida, olvidemos por un momento el mundo, Ida, es genial estar aquí, es genial que mis brazos estén en tus pechos, que mis labios sientan cada gemido en tu boca, son tantas preguntas pero se sorprende a sí mismo preguntándole:
- Ida, ¿qué es el amor?
Y ella no sabe qué contestar, no sabe qué decirle, no encuentra un momento, una imagen en la parede que le haga encontrar una palabra exacta, un silencio adecuado:
- No sé, Paolo, a lo mejor es mirar a uno chico, saber que no es guapo y sentir que no importa, pensar que, para nosotros, no hay un chico más guapo que él. Quizás sea mirar a los ojos de una persona y saberlo, y comprenderlo y que él te devuelva esa mirada, y que tú sepas que te ha comprendido como nadie te comprenderá. A lo mejor.
Hay un largo silencio e Ida sigue hablando:
- ¿Sabes, Paolo? Acaso sea besar a alguien durante quince minutos en la frente sin esperar nada a cambio y que te duela cada caricia, que cada beso te haga sentir menos sola y que yo te sonría porque estás aquí y tú me estás besando y que tú y yo, nosotros, estemos aquí, y que no haya nada más, no exista nadie más, y prestarte una bufanda por si tienes frío y te acuerdes de mí cuando rodee tu cuello con marcas, con muescas de cariño y tú me pienses. A lo mejor es este estar aquí, en silencio y que el silencio no nos moleste, nos haga sentir bien. A lo mejor es tú y yo y no es más que esta magia.

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