jueves, 25 de noviembre de 2010

¿Por qué me hice profesor?

Deberíais saber que hay razones para todo, hasta para hacerse profesor, o maestro, que es lo que escucho decir siempre. Antes de nada, me gustaría aclararos que los profesores, más allá de dar clases, también tenemos una vida, y bastantes aficiones. Ya sabéis que yo adoro Italia, sobre todo el sur, y que cada verano, cada cada verano estoy allí y que me encanta, por ejemplo, jugar al fútbol sala. Os digo lo de que los profesores tenemos una vida más allá del instituto porque a uno de los chicos de mi barrio, una vez, cuando iba a jugar, se le ocurrió preguntarme: pero, José Manuel, ¿tú juegas al fútbol-sala?, ¿pero tú sabes jugar? Pues, sí, Alex, que era como se llamaba él, claro que sí. En realidad, lo que me gustaría que pensarais es que nosotros también somos seres humanos y somos los responsables de grupos de quince, veinte, treinta adolescentes, y como vosotros, podemos estar cansados, tener un mal día, sentirnos agotados, pero es nuestra responsabilidad y tenemos que estar aquí. Muchas veces, después de daros clases, tenemos que cocinar y ya sé que pocos de vosotros lo hacéis, hacer la cama, lavar la ropa, etc. A veces es un poco difícil y hay días en que ese cansancio, imagino, es más visible. Pero hay gente, ya lo sabéis, que no cambiaría este trabajo por nada en este mundo y piensa que es la profesión más hermosa que existe y es una de las razones por las que siempre ando muy pero que muy feliz por el instituto. Ya sabéis que este año estoy encantado en este instituto y estoy disfrutando de cada minuto como profesor y como tutor aunque ya sabéis que, a veces, me enfado con vosotros pero es que preocuparse por alguien, por algún estudiante, por alguna alumna, no es dejaros hacer lo que queráis, ya que eso me convertiría en un muy mal profesor, y una de las cosas que tengo claras pero que muy claras es que la preocupación por mis estudiantes está por encima de todos los demás. Ya sabéis que me iré pronto y que ese último día os daré mi msn y se me rompería el corazón si alguno de vosotros me dijera qué ha suspendido por no haber estudiado lo suficiente, porque ha hablado más de lo que debía, ahora que estáis en el momento de empezar a madurar y madurar, crecer, significa empezar a tomar responsabilidades, estar callado en clase, ¿verdad, Nico?, prometer a nuestra madre que vamos a cambiar y comportarnos bien, ¿verdad, Enrique?, no llegar tarde a clase, ¿verdad, Andrea?, ¿verdad, Carla?, y otras cosas que tenemos que ir mejorando para ir creciendo, para ir madurando. Siempre os digo y sé que hasta me escucháis que no hay nada más importante a mí que enseñaros a pensar porque saber pensar os hará personas más inteligentes, que consigan, espero, hacer la pequeña parte del mundo en la que viváis un lugar mejor, más generoso, más humano. Seré feliz si os ayudo a conseguirlo. Lo mejor es que alguno de vosotros ya lo está haciendo. Y sé que hay días en que me odiáis y tenéis, ya lo sabéis, todo el derecho a hacerlo pero recordad que una cosa es pensarlo y otra muy diferente es decirlo ya que el respeto ha de estar por encima de todas las cosas, ¿a qué sí, Azahara?

Mirad, yo quiero ser sincero con vosotros y deciros que yo fui un estudiante pésimo, pésimo, pésimo de verdad, a esos catorce años. Sólo había una asignatura que me gustara e imagino que ya sabéis la que era: literatura, claro. Era genial esconderse del mundo en los libros porque pensaba que nada valía la pena, que muchas cosas me aburrían, y el instituto suponía un gran problema para mí, porque, sí, como para vosotros, para mí, era una cárcel. Había días en que no pasaba ni un solo minuto en el instituto sino que me iba a jugar al fútbol o discutía con algunos maestros, así que el director, uno de los días, envió una carta a mi casa pero seguía igual, así que llamó a mi casa, pero nada, no había forma de convencerme que el instituto tenía alguna utilidad. Entonces, una madrugada de invierno que recordaré siempre mi padre me dijo, vale, ya que no quieres estudiar, te vendrás conmigo a los albañiles y durante dos años, fui peón de albañil. Imaginad: durante dos años, con frío en invierno, cargando cubos de mezcla, muerto de frío a las siete en diciembre, muerto de calor a las tres de la tarde en agosto. Fueron dos años bastante difíciles. No os voy a mentir: había días en que pensaba mi padre no me quiere porque me hace trabajar, no me deja estar en casa sin hacer nada, debería irme de mi casa, etc. Y hay días en que estaba terriblemente enfadado con él (es humano, claro). Sin embargo, dos años después, le dije, y él sonreía, y mucho, cuando se lo dije; papá, quiero volver a estudiar. Me contestó: sí, pero será así, trabajarás por la mañana y estudiarás por la tarde. Acepté el trato, claro, y sé, ahora sí, que ese trato fue por mi propio bien, sé que a mi padre le dolía que yo trabajara con él cada día durante tiempo pero sé que se alegró inmensamente de que volviera a estudiar. Imaginad: trabajad por la mañana y estudiar por la tarde, y es algo, además, que hice desde entonces, porque el instituto, la universidad, sólo eran posible si trabajaba. Así que pienso en esos dos años y me digo, y os digo, porque sabéis que soy muy pero que muy pesado y os lo repito una y otra vez que tenéis que tener el amor propio necesario para no perder un año, o dos, sino estudiar lo suficiente para tener una educación digna para encontrar vuestro propio camino porque pensaré, y siempre, que todos y cada uno de mis alumnos tiene un potencial dentro. Es cosa nuestra, como profesores, y también vuestra, como seres humanos, descubrirlo. Seré feliz, inmensamente feliz si lo lográis.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Me siento identificado con el texto, me ha hecho emocionarme y animarme a seguir con el reto que me propuese hace un año.

sorel dijo...

Anda, yo pensaba que tú y yo estábamos en esto por las vacaciones, el sueldo, y lo poco que se trabaja :-)
Si no has visto el periódico de hoy, no te pierdas este artículo:

http://www.publico.es/culturas/348928/un-mundo-de-gente-rentable

Un abrazo