viernes, 10 de diciembre de 2010

Cuervo ingenuo

Volábamos de forma apacible, creyendo que el cielo podría ser nuestro único límite. Y no, no había fronteras entonces, sólo el batir del cansancio de unas alas que nos llevaban a contemplar las raíces de los árboles desde cualquier lugar. Espera un momento, dijo el hombre blanco, y alguno de los nuestros dijo: deberíamos escucharlo, ahora que estamos fatigados y necesitamos de un momento, y alguno más, para recuperar fuerzas. El hombre blanco hablaba con lengua de serpientes y brillaban en sus ojos esmeraldas como lunas. Y creímos sus palabras: alguno de vosotros debería descansar aquí pero hay sitios para pocos. Nos fuimos separando. El brillo de las palabras del hombre blanco llegó a otros de los nuestros, aunque fuera en otro lugar. Y nos fuimos distanciando. El hombre blanco era feliz, ahora que la distancia era inmensa y ya no mirábamos adónde nos llevaban nuestras alas sino el color de estas por saber si quien a nuestro lado estaba merecía nuestra confianza. Y el color nos cegó hasta que no supimos vernos. Todavía hoy vagamos sin rumbo buscando algún amigo.

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