jueves, 9 de diciembre de 2010

Una noche como otra cualquiera

Para Laura
Y llegó la noche ciento once y refirió entonces Sherezade:

- He sabido, oh rey, de la historia de una mujer que deleitaba a todo un reino cuando tocaba el violín, para placer de todos los que allí se congregaban, aunque, oh rey, cuentan que se llamaba Anónima, porque pretencia que nadie supiese de ella o conociese sus pasos, pero cada vez le resultaba más difícil. Conocedor el príncipe, melómano empedernido, de su pericia, decidió que sus súbditos salieran a buscarle porque tocara, cada noche, en su salón, por amenizar sus veladas pero nunca quiso ella, que declaraba que su música era para tranquilizar a todo aquel que vivía bajo el yugo absurdo de un reino en el que no todo el mundo era igual. Enfadado entonces el príncipe, ordenó a sus soldados que la trajeran bajo amenaza de muerte pero tampoco hubo suerte: les fue imposible encontrarla y el príncipe empezó a pensar que las amenazas, la coacción no le llevaría a ningún sitio, así que decidió, después de consultar en sucesivas noches con su almohada, atraer a esta violinista con una única condición, se concedería a quien mejor tocara un violín que llevaba más de trescientos años en las torres del castillo el deseo que él o ella desearan. Pensaba el rey, y no se equivocó, que le sería difícil rechazar semejante oferta, porque comprendió al fin que cuanto ella quería era disfrutar sin más de la música de un violín. Y llegó esa noche, y hubo músicos que tocaron maravillosamente bien, y hubo músicos que encendieron la noche con el sonido del violín, pero ella, oh rey, ella acarició las cuerdas del violín como si nadie antes lo hubiera hecho. Y bailaron las estrellas a su antojo, y se hizo la luna más grande y brillaron las tierras y las raíces y callaron, todos callaron, porque hay acordes que atraviesan corazones y nos hacen más humanos. Volvieron a callar una vez que ella había dejado de tocar y el príncipe, estupefacto, dijo, tuyo es el violín y tuyo será el deseo que tú quieras. Ella, mirando a los ojos del rey, dijo: sólo quiero seguir tocando, seguir tocando cada vez que yo lo desee y que nadie me moleste. Tocar cuando me apetezca. Y alguna vez, alguna tarde, hay seres que son más humanos en ese reino y todos saben porque esa tarde, porque esa noche hay un violín que parece acordes de belleza inaudita que calman al corazón y dejan a la tristeza lejos.

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