domingo, 28 de febrero de 2010

El intransigente XLII

Hey, cuánto tiempo.
- Sí que hace tiempo, sí.
- Y, ¿qué tal todo?
- Leyendo mucho tu blog últimamente.
- ¿Y?

- Joder, tío, las últimas entradas son penosas. Que si la lluvia, que si los vientos, que si la oscuridad, que si la tristeza, que si te duelen los dedos.
- Bueno, chaval, no siempre tenemos el mejor de los ánimos.
- Será eso, pero es que, cuando te leo últimamente, no sé si eres el intransigente o uno de los negros que escriben los guiones de programas patéticos como el Diario de Patricia...

sábado, 27 de febrero de 2010

Estos vientos del sur

Serán estos vientos del sur que amenazan con llevarse la luz de una ciudad en la que nunca he sentido dolor alguna en mis rodillas; serán estas lluvias del sur que se llevan las huellas que habíamos dejado en todas las orillas; serán estas nubes que ocultan el sol el frío invernal de un frío que deja la cama en la que despertamos sin sueño a la deriva; serán los dedos de unas manos que hacen daño en los labios cuando piden a la piel un poco menos de sal en las heridas. Será un momento, un instante tan solo, sentarse a la sombra de una torre desde la que salir al agua de unas gotas que golpean con fuerza en los cristales, saber que hay historias que duran todo un mundo y caben en apenas unas líneas. Saber que hemos olvidado tantas cosas y es a veces una foto y las piedras de un camino que te conoce porque ha dejado huella en tus ojos y ha devuelto a tu cansancio una sonrisa. Será la invitación a la calma de una foto en blanco y negro la que hace que un tropiezo no sea más que la imagen necesaria en nuestras venas para saber que para levantarse, es necesaria la caída.

viernes, 26 de febrero de 2010

Fragilidad II

Somos tan frágiles. Un trozo de cristal en las manos es suficiente para saber que hay sangre en el suelo y los días nacen ya cansados, lunes agotados de tanta semana sin un ápice de luz en las ventanas. Somos tan frágiles: decimos alegría, felicidad, ganas de vivir y nuestros dedos escriben cansancio, dolor, soledad, cristal. Y la sangre amanece en nuestras sábanas. Y es la vida un territorio hostil en el que un gesto equivocado, una caricia en sombras nos hace estar a oscuras. A oscuras y solos, no hay nadie más. A oscuras y solos, no hay nada más. Y nuestros dedos escriben hay trozos de cristal en los zapatos y un camino que no lleva a ninguna parte, cartas en blanco que otras manos han olvidado contestar. Y nuestros labios escriben un saludo, una palabra entre la lluvia que nadie sabe descifrar. Se llenan entonces las paredes de gente que ha olvidado su sonrisa en los rincones y pies que pasean bajo el agua a todas horas. Tantas huellas sin rastro en esta ciudad y el sol en otro mundo. A oscuras y a solas, siempre esperamos a alguien más.

jueves, 25 de febrero de 2010

Érase una vez VII

Para Ana y su mundo Pumuki

Érase una vez una borrachera de vino, risas, niños y vida.
Érase una vez el norte y su frío.
Érase una ves siete días riendo. Y algunos más.
Éranse una vez unas oposiciones.
Érase una vez un escondite.
Érase una vez un viernes con niños, un viernes sin niños.
Érase una vez un poco de calor y un sofá al que echo de menos.
Érase una vez que no nos mantenemos unidos moriremos solos.
Érase una vez las siete de la mañana y la misma gente, gente diferente.
Érase una vez Palabras para Julia.
Éranse una vez unas fotos.
Érase una vez un día del niño.
Érase una vez cómo vivir la vida sin instrucciones.
Érase una vez un frío de narices.
Érase una vez aprender a callarse para no abrir heridas.
Érase una vez días de excursión.
Éranse una vez postales navideñas.
Érase una vez una cámara al norte y fotos de todas las esquinas.
Érase una vez unos niños contando.
Érase una vez hambre.
Érase una vez después será demasiado tarde.
Érase una vez una página en blanco en la que encontrarte.
Érase una vez un hueso y sus descansos.
Érase una vez siempre estamos yendo.
Érase una vez qué cara elegir para la vida.
Érase una vez una cala y el primer baño del año.
Érase una vez una verbena.
Érase una vez mil millones de profesiones.
Érase un día benito y otro día.
Érase una vez el tiempo.
Érase una vez un goya a la mejor amistad.
Érase una vez risoterapia.
Érase una vez mejor no hacer planes.
Érase una vez las tonterías del Facebook.
Érase una vez el sur y sus carnavales.
Érase una vez el primer día de una nueva semana.

miércoles, 24 de febrero de 2010

Aceras

Para Evelia

Hace sol y es Sevilla a pocas horas del mediodía; mediodía con calor, como no hacía desde hace semanas. Hace sol desde hace poco tiempo y la gente sale a caminar con prisa, no hay tiempo para nada, dicen sus máscaras, nada que no sea vivir a todo trapo, sin palabras sencillas, aferrados a una máscara en la que ya no hay sitio para la menor de las sonrisas. La vida, ya se sabe, no es otra cosa que tener prisa a todas horas, aunque haya momentos bajo el sol de invierno de una ciudad de la que vas aprendiendo su gótico y siempre hay algún resquicio, para hablar un poco, para humanizarse, para dejar atrás las máscaras y mostrar que enseñar es aprender, aprender es enseñar. El mundo, el mundo es ancho y ajeno, y hay gente que sabe del Cid, del Lazarillo, y dan clase cuando pueden; existen otras personas que tienen menos años de lo que parece; tendrán menos años de lo que todos creerán porque habrán perdido poco de su esencia, existen otras personas a las que habría gustado ser médicos y no pudieron, los números cansan, y qué más da, si ayudan desde el pequeño lugar de la ciudad y qué más da, si una y otra vez lo intentan, aunque poca gente les eche cuenta y tengan que recurrir a burros amarillos que despiertan una imaginación en muchos casos ya en coma y a veces ya ni eso. La vida, ya se sabe, podría ser diferente si tuviéramos tan sólo un momento para mirarnos a los ojos y saber que estamos sonriendo porque ha salido el sol, es Sevilla y son sus calles, no llueve y hay personas que sonríen porque no tienen libro de instrucciones para defenderse ante la vida, para atacar al mundo y a su lado alguien les hace saber que la magia, en Sevilla, existe en muchos adoquines. Y hay gente que dedica su tiempo a hacer de estas calles unas aceras un tanto más confortables.

martes, 23 de febrero de 2010

Últimos días en Collioure

Para David

Se acerca el 22 de febrero de mil novecientos treinta y nueve, día en el que poeta encontrará su muerte en un pequeño pueblo pesquero del sur de Francia, tan lejos ya de un sur que fue su lugar en el mundo en otro tiempo. Semanas antes, el poeta desea, en un caminar que se hará cada vez más penoso, que le guarden el maletín que lleva consigo, pero la respuesta es un no, ya que la mujer a la que se lo pide cree que es demasiada responsabilidad. La maleta se pierde poco después y nadie sabe de ella desde entonces: acaso sean las líneas de una historia que debió ser diferente, algún poema más feliz, el libro de un mundo que no existió jamás. Ni sus palabras quedaron como reflejo. Era demasiado tarde para todo y demasiado temprano para nada. Al otro lado de las calles de un país que no es el suyo, unos pensamientos que no lo abandonan: yo nunca debí salir de España, debí dejarme morir en una cuneta. La guerra no ha terminado y ha comenzado el doloroso exilio de miles de hombres que, como él, creyeron que algún cambio despertaba. Y en aquellas calles, el poeta se encuentra a sí mismo, encuentra a sus versos, su presente en poemas escritos hace siglos, versos de su primera época: Yo voy soñando/ caminos de la tarde. Difícil entonces concebir el sueño, creer la vida. Y sí, como le dijo al ferroviario, era él, ese poeta español, aquel en cuyas líneas un hombre tranquilo había aprendido otro idioma. El poeta mira el sur e imagina, sabe, la pérdida que la derrota supone para la libertad de su país. El mar entonces, tal vez un río, el río de su infancia, el río que separaba Sevilla y Triana. Una abuela que no quiso jamás ir a la ciudad, para qué, si lo tengo todo en Triana. El mar, entonces, un río acaso. Decidí salir, algún amigo lo acompaña, al mar, contemplar un mar, un río que tanto anhelaba; está cansado y necesita estar sentado, sentado en una barca de la playa. Y alguna rendición, algún cansancio: quién pudiera quedarse aquí en la casita de algún pescador y ver desde una ventana el mar, ya sin más preocupaciones que trabajar en el arte. Aunque el arte en estos días no sea más que algún resto de papel que alguien encuentre en sus bolsillos. Vamos a ver el mar, dijo, pero no era su mar, no era su España. Queda poco para el 22 de febrero y el poeta se acerca a su anfitriona, Pauline Quintana, con una pequeña caja de madera, un joyero, y le dice, si muero en este pueblo, quiero que me entierren con ella, es tierra de España. Un pedazo de tierra con la que construir, tantos debieron pensarlo, un mundo distinto, un mundo mejor, una verdad más auténtica. Al poeta hace siglos que se le rompió el corazón y sabe, como le dice a Pauline, que sus días están contados. Un 22 de febrero de 1.939 en el que el poeta supo que no podría sobrevivir sin su república y una república que le sobrevivió apenas unos meses. Y fue su ejemplo el doloroso ejemplo de todos aquellos que perdieron su vida, su tiempo, su ilusión en la gran aventura de un proyecto, la República, que tanto amaban y por la cual tanto habían luchado. Él y miles de personas como él para las que el la vida, al sur, tan lejana ya de ellos, sólo era el recuerdo ya perdido de estos días azules y este sol de la infancia.

lunes, 22 de febrero de 2010

El arte de volar

Para Heidi
Dejemos que las estrellas se pierdan entre las nubes ahora que la lluvia amenaza con naufragar en todas las aceras y volar parece imposible si no hay un poco de calor en las alas. Dejemos que nuestros pasos nos lleven a una postal de Roma con sonrisa en blanco y negro y una calzada por la que pasear hasta encontrar las huellas de una serenidad que parece irremediablemente perdida mientras la escribes. Y hay palabras, como hay raíces, que nos hacen sentir bien, aunque estén lejos, y apenas conozcamos de algunas letras los labios con que nos muerden un rato de tranquilidad. Y hay gafas que saben caminar solas y nos cuentan historias tristes de gente que está a nuestro lado y se duele en silencio por no abrir la puerta de una casa en la que las baldosas sean grises y el norte esté en todas las esquinas. Como tú, yo necesito, y lo sabes, porque he visto en tus ojos tanta vida, un poco de calle en los pies, y alguna escena de sol en las rodillas; como tú, yo necesito de los charcos de una ciudad en la que pisar el suelo mientras mis manos hablan contigo de tus viajes por los bares de una ciudad en las que un vaso de vino sin limón te sirvió para limpiar todas tus heridas.

viernes, 19 de febrero de 2010

Érase una vez VI

Per Ida, la mia sorellina

Érase una vez un día de sol con cine y una sonrisa.
Érase una vez un autobús y muchísimos zapatos.
Érase una vez chiringuitos de playa y silencio en algunos labios.
Érase una vez un arancino y un tiempo, un tiempo tranquilo.
Érase una vez tantas preguntas.
Érase una vez una andaluza y su siciliano perfecto.
Érase una vez una siciliana y su andaluz sobrao.
Érase una vez una tortilla de patatas.
Érase una vez un bar de tapas.
Érase una vez un corazón tan grande.
Érase una vez un corazón tan roto.
Érase una vez un corazón tan vivo.
Érase una vez un teatro griego, a la orilla de dos padres.
Érase una vez Tornatore.
Érase una vez escríbime algo alegre.
Érase una vez necesito palabras que me animen.
Érase una vez Sexo en la ciudad dormidas en la cama.
Érase una vez un qué bien habla tu hija, qué poca vergüenza.
Érase una vez un toca vernos este verano.
Érase una vez ha nevado en Roma.
Érase una vez llueve en el sur desde hace semanas.
Érase una vez un cuatro de diciembre de laurea.
Érase una vez el orgullo de unos padres.
Érase una vez una vespa sin vértigo hacia la playa.
Érase una vez muchas fotos de un año que no acaba.
Érase una vez Andaluces por el mundo.
Érase una vez la siesta en Italia.
Érase una vez el plano de Roma, algún mapa.
Érase una vez un abanico.
Érase una vez pequeñas historias en la pared de algún cuarto en Roma.
Érase una vez ojú mi arma.
Érase una vez Valencia.
Érase una vez qué mal se habla en algunas partes.
Érase una vez hey, cuánto tiempo, hablamos y te veo, te veo y hablamos.
Érase una vez Carmen Consoli.
Érase una vez Kiko Veneno.
Éranse una vez palabras del sur envenenadas.
Érase una vez Caterina Caselli.
Éranse una vez música de los setenta en Messina.
Érase una vez una hermosa cena.
Érase una vez otra hermosa cena.
Érase una vez la luz de una vela que ya por entonces se apagaba.
Érase una vez la alegría en las entrañas.
Érase una vez una camisa negra.
Érase una vez cuántas ruinas, Roma se está cayendo, qué poca gracia.
Érase una vez un Berlusconi a una nariz pegada.
Érase una vez la sangre derramada.
Érase una vez la primera vez que nos vimos en Sicilia.
Érase una vez una mujer de rojo.
Érase una vez la música disco.
Érase una vez Tuscanohattan.
Érase una vez un amor que se desangra.
Érase una vez vivir desde el principio es separarse.
Érase una vez recordar el olvidado milagro de estar vivos.
Érase una vez la mejor de las sonrisas.

jueves, 18 de febrero de 2010

Echo de menos II

Cuando hablo contigo me sabe la boca a sangre porque es mi corazón el que te busca, te busca por soleares. Te sabe lejos de mí, te sabe sombras y nadie; que sea nuestro dolor quien hable. Un dolor profundo y hondo que cante: siendo pájaro, qué triste, tener alas y no saber volar; estando vivo, qué triste tener manos y no poder amar.

lunes, 15 de febrero de 2010

Insomnia

El poeta es un mundo dentro de un hombre, dijo Victor Hugo. Olvidó mencionar el infierno que supone que el mundo acabe devorando al hombre.

sábado, 13 de febrero de 2010

El intransigente XLI

- Hey, cuánto tiempo.
- Sí que hace tiempo, sí.
- Y, ¿qué tal todo?
- Buffffffff, a veces, fatal el ánimo, cansado, agotado, enfadado con el mundo.
- ¿Por qué ese estado de ánimo?

- Porque no sé desconectar. Si no hago mi trabajo bien, le doy miles de vueltas, pienso en cómo mejorar.
- Hey, hay que pensar en uno mismo.
- Sí, tienes toda la razón. Que no todo es ser profesor en esta vida.
- No, no lo es.
- Y, dime, ¿cómo vas a desconectar este fin de semana?
- Bufffffff, ayudando a mi primo de nueve años con sus tareas de Lengua.
- Ainssssss, si es que hay gente que no tiene solución.

viernes, 12 de febrero de 2010

Relatos hiperbreves XXXVI

Para Moi y María Ángeles, por esa maravillosa cena
Cansado ya de buscar princesas en novelas que acabarán por sobrevivir a sí mismas y a su propio tiempo; enfermo de tanta palabra que no dice nada, de tanta literatura que no sabe estar ya ni en su propia casa; agotado del engaño al que se somete cada día y en cada momento; rompe Alonso Quijano una lanza contra todos los tópicos establecidos. Saldrá a la vida y buscará, más allá de todos los ideales de belleza, una mujer que lo ame por todo aquello que ha dejado atrás y todavía no tiene. Dice la tarde entonces: acércate a quien esté a tu lado y te dé agua cuando tengas sed; acércate a quien te sonría a pesar del miedo. Que la tarde calle ahora que Aldonza pasa a su lado y sonríe, a pesar de que, a su alrededor, hay una calle llena de manos que acusa a Alonso Quijano de loco. Y que la tarde diga: nunca supieron que estaba el loco enamorado.

jueves, 11 de febrero de 2010

Tiempo de lluvias

Era tiempo de lluvias siendo niño y mirar al cielo se nos antojaba imprescindible. Salir a la calle, a pesar de los pesares, era costumbre y pisar los charcos nos decía que habíamos disfrutado. Un partido de fútbol bajo el agua, algunos secretos y el deseo compartido de saber que cuanto fuera caminar bajo las estrellas estaba en nuestras rodillas.
Era tiempo de lluvias y no me cansé nunca de ver tus cabellos húmedos en mis manos. Jugábamos a secar el océano tranquilo de tus labios con mi boca sólo por saber si el apetito sabría saciarse. Y nunca nunca nunca lo conseguimos. Era tiempo de lluvias y tuve tu cuerpo desnudo bajo una farola en una noche de frío en la que nunca nunca nunca nos cansamos del calor que dejaban en la acera nuestros cuerpos.
Era tiempo de lluvias y nunca supimos ver las lágrimas en nuestros dedos cuando ni siquiera llegamos a saber que nuestros pasos nos dejaban ya en casas diferentes. Era tiempo de lluvias y ni sacar pudimos a la calle el paraguas con el que tantas veces nos defendimos de la tristeza en días de sol con nubes y un poco de resaca. Era tiempo de lluvias cuando te fuiste un día sin decir nada que ninguno de nosotros entendiese. El mundo, dijiste, y tantas otras cosas, he estado pensando... Y salió el sol a nuestra puerta un instante. Quedaron sin nadie las paredes desde entonces.
Es tiempo de lluvias, ahora. Ahora mismo. A pesar de un sol de mañana que ha decidido ya perderse. Es tiempo de lluvia y salgo un momento a la ventanta. Ya sé que sabes que estoy solo y que poco hago para cambiarlo. Y qué más da: nadie hay a quien encontrar en este diluvio.

miércoles, 10 de febrero de 2010

El intransigente XL

Para Sorel

- Hey, cuánto tiempo.
- Sí que hace tiempo, sí.
- ¿Y qué tal todo?
- Bien, bien. Viviendo, enseñando, escribiendo. Lo de siempre y poco más, diría yo.
- Sï, he leído tu blog últimamente.
- Ah, sí. ¿Y?

- A veces bien, a veces mal. Pero, hey, me sorprende que te visitan mucho últimamente desde la ciudad del Vaticano.
- Sí, yo también me he fijado.
- Y, ¿a qué se debe semejante honor?
- Qué sé yo, debe ser la pureza.
- ¿La pureza? De verdad que no te entiendo.
- Sí, la pureza de vivir sin pecado concebido. Vamos a ver. ¿Hoy es miércoles, no?
- Sí, miércoles.
- Pues si hoy es miércoles, veamos, empecé el blog hace tres años, así que llevo tres años sin pecar.
- Dios, ¿tanto tiempo?
- Buffffff, imagina. Me buscan como ejemplo hasta los del Vaticano.
- Si tú lo dices...

martes, 9 de febrero de 2010

Desnuda ya la risa

Desnuda ya la risa de tus pechos en flor, la vida se detiene un momento, ahora que te sabes feliz porque las primeras gotas de lluvia observan tu espalda contra mis dedos, y piensas, como casi siempre, cuando se mojan nuestros deseos, sería bueno ser ahora el agua que naufraga en tus muslos. Y colorear, como siempre has sabido, de gris las esquinas de un cuerpo que siempre ha buscado en ti el refugio de un cielo en gris en que la calma ha acabado por ahogarlo todo. Y que siempre siempre siempre busquen tus piernas la brisa de una tarde fría en la que mis manos encuentran tu sexo.

lunes, 8 de febrero de 2010

El intransigente XXXIX

- Heyyyyyyy, cuánto tiempo.
- Sí que hace tiempo, sí.
- Y, ¿qué tal todo?
- Bien, bien. Este fin de semana me voy para desconectar un poco.
- ¿Ah, sí? ¿Adónde?
- Al Castillo de los Guardas.
- ¿Y eso dónde está?
- Dios mío, pero qué cateto eres. Cerca de Aracena, hijo mío.
- Hey, compréndelo, que soy de la ESO.

viernes, 5 de febrero de 2010

Éranse una vez unos dedos bizcos

Para Pilín
Fueron mis dedos bizcos una vez. Y escribieron mis manos líneas como éstas: días de lluvia arrecian mi cuerpo; deja que el mar te arrastre, triste compañero de fatigas, hasta mi propio suicidio, y nunca olvides que llueve y llueve. Y llueve. Eran mañanas de sombras en que el dolor invadía mis rodillas y quería yo ser otro al mediodía. Había pocas nubes y el dolor estaba cerca. Caminaba a tientas entre estrellas y no hacían mis ojos más que tocar charcos. Un poco de agua y luego otra. Un poco de agua con que ahogar las penas nunca. Un poco de agua con que nunca ahogar las penas. Y una boca seca con la que pronunciar alguna palabra equivocada ante tanta vida entre los muslos. Y dolía entonces la tierra que me habitaba, un mundo que me era ajena, ante tanta traición absurda, ante tanto payaso al mando que sólo sabía de sus prodigios el balbuceo, ante tanto cádaver arrojado a la carretera y nadie que mirase a sus espejos. Era el mundo para ellos una página en blanco en la que sólo sucedían letras, y la vida se nos iba a cada instante. Cuánta, ahora como entonces, palabrería.
Fueron mis dedos bizcos una vez. Y conocieron, como tantos otros, a una mujer que los acercó a su rostro. El mundo seguía, también nosotros. Y hubo besos bajo el sol de una calle de Sevilla un domingo a las tantas en la que nos quedamos sin un t.UNren con el que volver a nuestra casa. Bajo la lluvia cálida de esa tarde en la que hubo más nubes hubo besos que nos hicieron saber que estábamos lejos de ser un monstruo, por mucho que tantas tantas tantas veces lo hubiésemos creído. Basta entonces para saber que nosotros, entonces, la vida, aquellas tardes, nosotros, sí, una persona, un gesto y unos ojos para mirarnos al espejo y no sentir que somos el cuerpo erróneo en que vivir tantas tristezas. Uno, como tantos otros. Y un momento en que enfrentarnos a nosotros y sabernos orgullosos, en el que habitar las piernas de una mujer que nos amó por tener dedos bizcos y poder mirarlos con serenidad. Y escuchar de sus labios palabras que no supimos escuchar nunca, hola mi amor, alegre llegas, guapo estás a estas horas, vayamos, tus heridas y mi sangre, a las mismas sábanas.
Fueron mis dedos bizcos una vez. Como lo son ahora. Y salí a la calle sólo por el placer de ver algunas caras, en mis caras, de saber que no hay nadie en estos rincones que camine sin llevar en sus mejillas una máscara. Una máscara que te diga, que me diga, que nos diga, hubo una vez siempre ojos con dolor que no han dejado de ser adolescentes. Y un poco de calor con que derretir alguna máscara, y salir a la calle sabiéndose uno más e irrepetible. Sabiéndose a estas horas de la calle parte del olvidado milagro de sabernos vivos cada día. Un poco de calor con que vivir en casa algunas noches.
Éranse entonces unos dedos bizcos, los míos, que intentan escribir un poco de alegría en cada línea, un poco de respeto en cada folio. Y unos ojos que sonríen ante sus ojos, ahora que están solos otra vez y el amor queda lejos por ahora. Y la inevitable lección de saberse uno a cada instante, de mirarse al espejo con cariño y saber que uno es viva imagen de sí mismo. Éranse unos dedos bizcos que empezaron a escribir en sus manos y dejaron en su cuerpo un primer mensaje de cariño. Es la vida una tarde verde de silencio con que cambiar una carta de odio a uno mismo desde entonces.

jueves, 4 de febrero de 2010

El intransigente XXXVIII

Para Cristina y mis compañeros de claustro
- Hey, cuánto tiempo.
- Sí que hace tiempo, sí.
- ¿Y que tal todo?
- Viviendo, trabajando, escribiendo, preparando mis clases, pensando en mis estudiantes.
- Hey, es extraño, pero casi siempre que nos vemos me hablas del instituto.
- ¿Por qué? Soy profesor.
- Sí, eres profesor pero no deberías convertirlo en una excusa para olvidar que tienes una vida.

miércoles, 3 de febrero de 2010

Buenas tardes pereza

Qué pocas ganas de escribi...

martes, 2 de febrero de 2010

El intransigente XXXVII

- Heyyyyyyyyy, cuánto tiempo.
- Sí que hace tiempo, sí.
- Y, bueno, ¿qué tal todo?
- No del todo mal. En realidad he tenido semanas maravillosas.
- Uauhhh, semanas maravillosas. ¿Qué ha pasado en tu vida que yo no sepa?
- Bufffffffff, no sé cómo explicarlo. He encontrado la casa de mis sueños, el lugar donde ser feliz.
- Me alegro un montón.
- Sí, pero se terminó.
- ¿Se terminó? ¿Cómo que se ha terminado?
- Sí, encontré la casa de mis sueños y perdí las llaves con las que abrir la puerta.

lunes, 1 de febrero de 2010

Noche de lunes

Es de noche, lunes, y ha llegado febrero, como casi siempre, sin esperarlo. Mis dedos te piensan y se dicen, sería genial tenerte ahora, entre mis piernas, y escribir sobre tus muslos alguna palabra de amor, alguna línea que te haga mía y nos haga saber que hubo días de ayer que siguen hoy. Mis dedos te saben aunque sea lejos y fingen leerte ahora, como te han leído tantas noches, tus labios bajo la luz de una noche que se encendía en tus rodillas, desnudos ya tus pechos sobre el silencio de una cama en la que no podíamos dormir. Mis dedos te piensan y se saben solos. Pierden el calor de tu cuerpo por un momento. Y escribir es un acto inútil que no lleva a nada.