lunes, 24 de enero de 2011

Nevó en Atarfe

A veces, la vida nos sorprende. Sin más. Porque sí, a pesar de que todo dice no y nosotros no hacemos otra cosa que escuchar. Sí y no. Y qué más da. Hay días en que la nieve cae y uno pasea por las calles de un pueblo de Granada llamado Atarfe y olvida que el mundo es tristeza y, en ocasiones, todo es un asco. Lo que hay que ver: un sevillano viendo nevar. La magia existe, sólo hay que saber encontrarla. La magia existe. Sólo hay que saber explorarla. Y uno habla de orgullo, de enemigos tan dañinos como nosotros mismos. Hemos contemplado al enemigo, decían: somos nosotros mismos. Y le viene a las venas el caos de una canción de pájaros que hablan de páginas que todos hemos releído alguna vez y la sangre llega a la boca y se construyen máscaras brillantes con las que vivir en la sonrisa. Nada como saber que alguien sonríe y ha sido gracias a ti. Aunque otra vez la sangre se haga raíces y nos haga pararnos un instante. Tan sólo un momento por contemplar el paisaje y subir y contemplar la nieve golpeando tus mejillas. Es lo que tiene el frío. Es lo que tiene el frío y sentarse a ciertas horas en inviernos del sur sin sol. Es lo que tiene escribir postales que acaban en un cajón. No hay ganas de salir al fuego de una casa sin cerrar. Una casa ya sin persianas. Una casa con bolsillos que hablan, en soledad, de cuando compartían monedas de consuelo. Ni eso, puedes escuchar, ni eso nos han dejado ahora. Somos nosotros mismos, esos nosotros mismos que, a veces, ya de tarde y con ganas, dejamos caer alguna palabra al viento por si alguien quiere devolvernos un poco de conversación, algunas líneas. Cómo mirar a las palabras. Cómo hacerlas nuestras. Cómo volver a la paz de un pueblo en el que crecer en las miradas. Todo lo que hemos escrito en las postales y dejamos en un cajón con las prisas de un mundo que se nos va entre las manos. Un momento tan sólo. Por descansar y hacernos fuertes. Por agacharnos un poco y dejar que nuestras rodillas reposen sobre las estrellas ya nevadas. Tanto por lo que vivir y tan poco tiempo. Tanto que aprender y tan poco tiempo. Y una lluvia de nieve que deja pureza en los dedos y se va haciendo magia en las manos. La magia cotidiana y olvidada de saber que, únicos e irrepetibles, hay mañanas de domingo en que no hay más camino que algunos charcos de nieve en que perdernos durante horas, ya sonámbulos, en la luna.