martes, 15 de febrero de 2011

El día en que parió la yegua

El día en que parió la yegua, se me apagaron todas las luces, hace un año ya. Llovían piedras desde todos los rincones y era el mundo una losa. Había persianas rotas por las que el dolor campaba a sus anchas y una cama en la que un cuerpo era, sin más, un cuerpo y unas sábanas. Un año ya. La vida es de lo más extraño. Son desde hace tiempo las mismas sábanas pero el cuerpo dejó de ser un cuerpo y unas sábanas en algún momento, y ahora vive, y vivir, vivir no está del todo mal, dice la gente, aunque uno pocas veces haga caso porque la gente dice y se equivoca, pero llovía entonces como hoy, llovía y el día era largo, un poco menos hoy. El día en que parió la yegua, pensaba que no hay nada como naufragar, triste compañero de fatigas, y dejar que el mar nos arrastre, se rompieron todos los músculos y no había una sola vena en la que derramar una sola gota de sangre. Caminar era difícil y el mundo, el mundo era una cama sin ventanas. Había una pared en la que mis dedos buscaban una línea, un verso, un trozo de papel con que encontrar, de nuevo, alguna calle, un poco de sol en las rodillas por salpicar de alegría un poco los tobillos. Y saber, como uno sabe, porque hay líneas que nos dicen, y mucho, que todo el mundo tiene un par de alas pero sólo los que se atreven a soñar pueden volar, una canción con guitarra que nos devuelve a una silla con puerta desde la que decirle otra vez hola a un mundo que nos dejó atrás un rato. Una silla con puerta desde la que compartir palabras. Todas las palabras que se les olvidaron a mis labios cuando estaba apagado. Una guitarra del sur, y algunas canciones, ganas de dejar atrás tantas sombras como llovieron entonces. Tocó caer y dolió, como duelen pocas cosas, como duelen los huesos cuando el tiempo cambia, y la lluvia arrecia. Tocó caer y hay mañanas en las que es difícil levantarse aún. Uno piensa en razones y las encuentra, siempre se está empezando, uno piensa en razones y están están ahí. Una sonrisa, una conversación, un razonamiento, una canción, una película, un sobrino, un momento mágico en que dos ojos se encuentran en el mundo sin tener por qué. Aunque haya noches en que uno mire una cama y sepa, porque tampoco hace tanto, que hubo en esa almohada un corazón sin cabeza y un mes de febrero sin luna. Y es inmenso el suelo, por si apetece dormir un poco. Y uno piensa en razones, y las encuentra: un mechón de pelo, un cómic, una clase, una tarde con río, una isla en verano, italianos en un tren, una chaqueta, algún por favor y un gracias, una taza de chocolate con muerte por chocolate. De algo, ya se sabe, de algo hay que morir, de algo hay que vivir. El día, es obvio, en que parió la yegua, yo volví a sentirme vivo y encontré, bueno es no olvidarlo, encontré que, realmente, hay cosas que hacen que la vida merezca la pena.

3 comentarios:

PetiteMademoiselle* dijo...

Porque, a estas alturas, uno ya sabe, y encuentra esas pequeñas cosas. Aquellas, que, de vez en cuando vienen inesperadas, en pequeñas cantidades. Y son geniales.

MARIUX dijo...

'Pequeñas alegrías', que diría el escritor.

Si la 'espera' fuera más una liturgia del gozo, tal vez seríamos un poco más felices de antemano. (Y la razón perdería su tributo.)

Anónimo dijo...

Menos mal que todo eso pasó. ¡A vivir!