lunes, 18 de abril de 2011

Perdona pero me enamoré de ti en una procesión

Ella miraba fijamente a ese Jesús crucificado, el hijo doloroso de Dios, escribió Federico Nocilla, mientras él la miraba profundamente a ella. Ella pensó, dado que él era nazareno, me gusta su cirio, es grande y se derrite al calor de la pasión, al sol de una tarde de primavera en que todo era luz, divina y humana. Él, que lograba verla a través de su capirote o cucurucho, a través de toda la gente que la rodeaba, porque el amor, así, de primeras y a primera vista, puede conquistarlo todo, todas las calles de la ciudad, todas las farolas y todo el incienso que hacía que uno y otra se sintieran mareados pensando en el otro, en si sentiría algo. Ella, escribió Federico Nocilla, tenía que irse porque, a sus más de quince años, tenía que hacer los deberes y llegar a casa antes de las doce de la noche. La vio irse y pensó, es como Cenicienta, tanta belleza que ha de marcharse antes de tiempo, antes de medianoche, pero él no podía seguirla: se debía a dios, a la religión, al espectáculo religioso de saberse en manos del incienso y de una luz tenue que iba llegando a todas las esquinas. Sin embargo,el amor, que es como un rayo, no se sabe donde cae hasta que no ha caído, escribió Federico Nocilla, probablemente debido a una sobredosis del aroma de todas las cocinas en las que había visitado y que iban llenando los párrafos, las páginas, el amor hizo que ella se dijera, sí, sé cómo hacer que retorne a mí, y puso un candado con su nombre en una de las farolas que se encontraban cerca. Él, escribió Nocilla, no pudo evitarlo, era humano y sabía que dios podría sobrevivir solo un rato, teniendo claro que ya lo hizo por ejemplo un domingo en el que decidió descansar, así que decidió acercarse a la farola para saber quién era, cuál era su teléfono, cuál era su facebook, porque son tantas las cosas que pueden escribirse en un candado, pero, no hubo suerte, demasiados candados, demasiado amor bajo la luz tenue de una farola de un puente rodeada de nazarenos. Amor humano y amor divino, escribió Nocilla,en la vida no resulta tan fácil encontrar bolsitas de azúcar que la hagan menos amarga, qué bonito. Azúcar y rayos, cómo no sentir tanto amor desatado en una noche de faroles tenues y estrellas. Un hombre y una mujer, que sí, que tenía que hacer deberes, pero igual daba, el amor, la pasión están por encima de los deberes, porque ya se sabe, cada vez que algo te asuste canta, y sí, él empezó a cantar, porque creía que la había perdido, tantos candados y ni un solo nombre, pero el amor existe, escribió Nocilla, porque es un milagro, y la farola cedió al peso de tanto candado de amor sin medida y uno de ellos cayó en sus manos. Lo supo entonces. Era el candado que lo llevaría a ella. Tres metros de farola sobre el cielo y cayó en sus manos el candado adecuado. Noche de estrellas brillantes y luces tenues, noche de deberes humanos y divinos. La luna era como un columpio y nadie la habitaba; él pensó la llevaría desde la luna hasta el cielo porque es como una diosa y miró otra vez al candado, a través de su capirote. Ella había escrito: prométeme, prométeme que harás lo que estás pensando. Y sí, el lo hizo, se fue a dormir porque estaba agotado. Para que ese amor, único e irrepetible, como todos, abriera el candado de unos corazones que habían sufrido durante tanto tanto tanto tiempo. El silencio de la procesión hizo que los latidos de su corazón se escucharan toda esa noche estrellada.

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