martes, 12 de julio de 2011

Cómo se hizo

Para Elena
A veces, suceden historias. A veces, creemos imaginar historias, pero son las historias las que nos imaginan, somos nosotros los que somos partes de esas historias y de tantas otras similares, tantas otras diferentes. Acaso todos somos historias. Algunas ocurren en la playa; otras en la ciudad; algunas en un tren camino al norte, otras en un metro, en Sevilla, en Barcelona, tal vez, en Granada (no, Granada, no, ahora que todavía no forma parte de aquellos relatos que suceden en un metro. Quizás algún día, pero no hoy, no todavía. Y hay historias que forman parte de nosotros como nosotros somos parte de ellas. Hay chicas, tan hermosas como frágiles, que se sientan solas y comienzan a leer, absortas por completo en sí mismas y en las páginas que están en ellas, en las que ellas están. Cerca, alguien tan ajeno al mundo como ella contempla a la gente en el metro y nunca deja de sorprenderse por tal espectáculo: adolescentes en silencio absoluto que caminan hacia la universidad, escuchando música; adolescentes que hablan con amigos y se ríen de todo y todos; algunas personas que, bostezando y aburridas, se acercan a su puesto de trabajo, maldiciendo la hora que es y su rutina habitual; niños que se alejan y se acercan a sus madres, que los llevan al colegio. Y una chica, tan frágil como delicada, que lee y se ha olvidado del mundo como el mundo se ha olvidado de ella. Y tal como ella lee, él necesita de cada página, de cada palabra, de cada gesto, de cada pregunta que todavía no se ha pronunciado.
- Hola, qué tal.
- Hola.
- Perdona, sé que te estás leyendo, y probablemente te interrumpa, pero es que tienes a niños diminutos que se están escapando de los dedos.
- ¿Qué?
- No creo que te hayas dado cuenta, porque estás ensimismada. Pero, mira tus manos, hay niños diminutos y parecen aterrorizados. Mira, alguno se te está enredando en ese precioso cabello rojo que tienes. No, ahora no es rojo, es negro.
- Sí, depende de cómo me sienta. Si me siento bien, rojo; si me siento mal, negro. ¿Qué cosas, no? De todas formas, no te preocupes, estoy acostumbrado a que tener niños en mis dedos. Niños, príncipes, zombies. En cuanto leo, no sé cómo mantenerlos en mi cabeza, o en el corazón, no sé. Es empezar a leer y que me aparezcan personajes en todas partes. Una vez se me apareció la muerte en las pupilas.
- ¿Sí? ¿Y cómo fue todo? Imagino que terrorífico.
- Fue, no sé, divertido, pero también triste. No lo sé. La gente no quería mirarme directamente a los ojos y aquellos que lo hacían parecían otros. De lo más raro. Vaya día pasé.
- Imagino. Es la primera vez que veo que alguien le pasa algo así. Es algo único e irrepetible. ¿Qué historia, no?
- Es sólo una historia, nada más. Algunas noches, me hacen sentir menos sola y es genial, hablar con alguien, estar en otro mundo y no sentirse perdida. Otras, sin embargo, me hablan, se enredan en mis cabellos, me hacen cosquillas y es imposible que preste atención a la vida que tengo así que me pierdo por completo. Como perderse en una historia antigua. Me encantan las historias antiguas, me hacen sentir triste.
- ¿Qué tiene de bueno estar triste?
- Estar triste nos hace felices a la gente profunda.
- Y, ¿no tienes miedo de que alguna de las criaturas que escapa de tus dedos le haga daño a alguien?
- Podría pasar, imagino. Pero todo puede pasar, ¿no? Dicen que donde está el cuerpo está el peligro. Y el mundo real es mucho peor, seguro.
- El peor de los mundos posibles, sí.
- En el mío, yo a veces, soy feliz. No siempre, vale, pero algunas veces, sí. Y olvido que el mundo real casi acaba conmigo una vez. Casi soy una historia de pocas páginas, casi ninguna.
- Habría sido una pena. No saber de ti, de tu historia, de las páginas que hay en tus manos, y de las imágenes que hay en tus tobillos. Una verdadera lástima.
- Habría sido otra historia sin final, nada más.
- Tampoco tienes un final ahora, ¿no? Lo estás creando.
- A lo mejor no es así y no creamos nosotros la historia. Sencillamente, ellas nos crean, ellas nos imaginan y no soy más que una página que alguna vez has leído o que nunca leerás. Si alguna vez supiera cómo se hace, cómo se queda todo dentro, todo sería más fácil, porque los dejaría salir cuando ya fueran parte de mí, cuando ya fueran yo.
- Ojalá aprendas. Me encantaría leer alguno de esos relatos, ser una de esas historias y vivir en tus dedos alguna madrugada.
- A mí también, pero no sé cómo...

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