viernes, 26 de agosto de 2011

Había quedado la luz en los cajones

Para Laura

Eran los últimos días de verano y había gente, alguna, que deseaba estar en otra parte, soñar otras esquinas, pasear otros árboles. Y era la imposibilidad, como casi siempre de estar en otros sitios. De sentarse, por ejemplo, a escuchar violines en las ramas por escapar del despiadado grito de los mercados. Tanto por vivir y tan poco tiempo. Había quedado la luz en cajones que ni siquiera recordaba pero nada era tan grave. A veces, la ternura en algún gesto, en alguna palabra, en alguna sombra. No todo era irse pero casi. A veces, el tiempo vuela y se hace difícil ir tras él si todavía no nos han crecido alas. Eran los últimos días del verano y el sol quemaba menos, apenas ya, algunas tardes en las que había muslos que buscaban algún rastro de césped bajo el sol por caminar tranquilamente, algunas noches en las que había muslos que buscaban restos de otros muslos por recordar, de una vez y de repente, el olvidado milagro cotidiano de estar vivos. Sonaban entonces en el aire violines para confirmarlo. Alguien había hecho algunas fotos: gente dormida, gente viviendo, gente, escuchando a gente y gente sola. Tanta tanta gente por conocer y tan poco tiempo. Acaso no. Acaso, olvidada la luz en los cajones, alguien esperaba poco, o tal vez todo: estar sin más en casa y encontrar en sus pupilas alguna imagen, quizás solo eso. Una casa y otra ciudad: la luz en otros cajones, historias en otros párrafos, algún beso equivocado en otras líneas. Otra ciudad y los mismos besos. Otra ciudad y a lo mejor besos diferentes, diversos labios. Otra ciudad y el mismo tren, el mismo coche, algunas mañanas de nostalgia indescriptible. Y levantarse, de una vez por todas de repente, en la mañana y encontrar la luz que se había dejado en los cajones, por hacer de ellas las raíces de las alas con que ser uno y mucho más con el tiempo. Y levantarse, de una vez por todas de repente, y encontrarse con alas en un tren en una isla con piedras de volcán. Por perderse, de una vez por todas y de repente, en la luz de unos ojos que se encuentran en los cajones de una casa con piscina. Por nadar, de una vez por todas y de repente, en una piscina en la que se encuentran unas pupilas con manos que tocan las cuerdas de un violín con que olvidarnos de todas las absurdas ciudades en las que hemos sido alguien a cada instante.

1 comentario:

LaLolaPalacios dijo...

No me puedo reprimir y te tango que decir lo que para mi es una curiosidad que me gustaria cambiar, pero no se como...

Pasa que vivo en Dos Hermanas, y sin embargo, cuando entro en algun blog que tiene la lista de visitas como la tuya, dice que estoy en Alcorcon... :S

Sin más, una simple anecdota...