viernes, 2 de septiembre de 2011

20N

El día que murió Franco, tenía tres años. Todos eran felices, con Franco no pasaba nada, había trabajo. Españoles, Franco ha muerto. Estaban los grises. Y había moratones en lo blanco. Y la vida era blanco y negro. Hubo entonces algún abrazo, alguna sonrisa, alguna lágrima, la posibilidad de escapar a un miedo que era ya parte de cada rincón de una larga noche de piedra. Españoles, Franco ha muerto. Eran también las noticias en blanco y negro y una sola línea la escrita. Los renglones torcidos de un dios que los hombres habían creado. Pensar estaba prohibido si no eran esas tus líneas. Y el amor estaba en todas las canciones. Pasó el tiempo y pasó la vida, pasaron callejones oscuros, lluvia, y días de sol en que pensar era lo de menos y vivir era importante, pasaron años y pasaron cosas, cosas que pasan en el sur, y cambió el mundo, acaso la vida. Los tiempos estaban cambiando, no, no era así, no cambiaban los tiempos, sólo los uniformes. Y salió el sol un día. Y los grises se hicieron azules, los moratones se hicieron moratones y hubo gente en sol que acabó por ver las estrellas. Y pasaron alumnos, y el miedo, el miedo a pensar otra cosa o hablar en alto, o decir lo que pensamos, y pensar entonces que si ya desde la educación se castiga al pensamiento como surgen entonces ciudadanos críticos en el pensamiento. Cambiaron los uniformes, siguieron los mismos palos. Aunque había más que amor en las canciones. Y pasaron zapateros para ricos, socialistas por recortes, una larga noche de piedra que no se ha ido, pasaron fragmentos de constitución en alemán. Y ya no hubo entonces más esperanza que esperanza y sus adláteres. Españoles, Franco ha muerto, siguen vivos sus adláteres, perros de presa que muerden cuanto encuentran. Se fueron entonces apagando los colores. Y pasó lluvia, y nubes y un veinte de noviembre que se acerca en el que se habrán perdido entonces tantas cosas.

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