lunes, 24 de octubre de 2011

La vida como caos VIII

Para Mari Carmen y Juan Cañadas, que entienden estas cosas y para mis enanos de Atarfe
Hay trenes que nos llevan a otro año y a un montón de alegrías, tantos tantos recuerdos en los dedos, en las mañanas, en los recreos, en una clase de cómic de la que quedan mil fotos y muchas imágenes, tantas escenas, un segundo trimestre de novelas de amor y cuentos de palomas narcotraficantes. La vida, la vida sigue. Un viaje con Juan, siempre Juan, al parque de las Ciencias de Granada y esos churros con chocolate casi cada martes y algún que otro viernes y el eterno, sí, por qué a ellas sí, pero a nosotros no, pero, hey, ya lo sabéis, vosotros sois demasiados y no se puede y ese último día, bronca del director mediante, con todos empapados, ebrios como estaban de vida ya y de verano y alguna que otra carta contestada, cartas de siete folios a Lidia y esas miradas de odios que ya no existen. Hay trenes que son viernes, y viernes en que uno casi se queda dormido pensando en que no ha de quedarse dormido porque uno se acerca a dejarse un poquito de su tiempo, felizmente, en ver a estudiantes que han sido parte de un año y quedarán para siempre en la memoria. Levantarse y correr, correr para no perder el tren, porque si no, me matan, y pensar en Granada, en Atarfe, en tantas cosas, en Lidia, diciendo sí, pero tienes que venir y a mí de clase que me sacas, que para eso vienes, que no, maestro, que es broma, ya lo sabes. Sierra Nevada de fondo y un autobús que lleva a Atarfe y esperar, por una vez, no llegar en el recreo y ser el centro de atención, que uno es de lo más tímido, aunque nadie se lo crea. La puerta de un instituto y allí están todas, unas tras otra, aquellas enanas de las que tanto aprendí y a las que tanto tengo que dar las gracias, por tantas tantas cosas. Y es no estar en la puerta y tener a Miriam, y un abrazo, y a Nuria, y a abrazos, y a la enana, Isa, y abrazos, y María José, cómo no, y esas lágrimas, y ese estar callada y sin palabras y, al lado, y otra vez, Isa, qué poco te gusta esto, ¿no? Nada, enana, no me gusta nada, porque sólo quiero saber qué os va bien y poco más pero allí estoy y cómo, José Manuel, maestro, vamos a ver a Enrique, dios, cuánto ha crecido: si mides ya medio metro más que yo, soy un enano, sí, Isa, otra vez, que dice, cuánto has crecido, maestro, cuánto has crecido, ¿no?, y sí, soy un enano, todo un enano. Y esos abrazos de Marta y Andrea, maestroooooooooooo. Y volver al salón de actos, otra vez con el tutor, y otra vez, ética e integridad y respeto y otra vez palabras de respeto, siempre, Juan, siempre encantado y quedaremos claro, pero, no sé, no lo sé, Juan, porque las niñas quieren quedar para comer y así las veo un poco y así. Subir a clase y hablar un poco con ellos, y ven a vernos, a nosotros, eh, a tercero b, al c, y ven a vernos, y es subir y hablar, siempre, y saber, con Lidia, que sabe y mucho, inteligente como es. Y salir un poco y nombrar a Bazoco, qué gran profe, y estar en otra clase y aplaudir y volverme loco. Una penúltima hora y tanta tanta gente que se vuelve a encontrar en los pasillos; ese primor de jefa, Celia, la tranquilidad de Pedro y María José, siempre María José, plástica, sevillana y otro primor, y ainsssss, no sabes lo que te echan de menos y cuánta calma en ella, cuánta tranquilidad y tantos otros. Una penúltima hora y no volverme loco, y Enrique, anda, ayúdame antes de irte. Y esa, claro, esa última hora, tranquila e íntima, aunque todo el mundo ande enfadado porque, por qué, maestro, por qué no has venido a vernos, Miriam, no te enfades, anda, pero, maestro, no has venido, jo, y eso no es justo, porque luego te vas, claro, con otra gente que, María José, dejemos eso, anda, que siempre os enseñé que lo único que importa es ser honestos con nosotros mismos, anda, sí, pero no, maestro, no, por lo menos nos va a sacar, ¿no?, venga y comemos, que sí, Isa, que sí, y mirad, aquí está Juan, que ya sabéis que yo sin él no soy nada, jajaja, pero, venga, maestro, vámonos, anda, maestro, que si no, no me da tiempo, sí, María José, lo sé, tienes que coger el autobús, y sería bueno pasar un poco de tiempo, que ya sabes que os echo mucho de menos, mucho, y esa mesa y Miriam, maestro, que me da asco, que yo quiero ir a otro sitio, que hay bichos y esa Isa, que no quiero comer, me da asco si Miriam sigue hablando y Nuria gracias por venir pero ven pronto. Y un último saludo: maestro, tengo que irme, y que sepas que también lloré cuando me fui porque, jo, te echo mucho de menos y te queremos mucho y uno se ríe de ellos, se ríe de ellas, pero no puede porque se le escapan las lágrimas. Tantos tantos recuerdos en un año, tantos tantos recuerdos en un viernes de octubre que tardaré, otra vez, tantos años en olvidar.