martes, 15 de noviembre de 2011

Súmate al cambio

La mañana del veintiuno de noviembre, al despertar de un sueño intranquilo, Sorel se encontró en la cama transformado en un español de bien. 
¿Qué me ha pasado?, pensó. No era un sueño. Había perdido la capacidad crítica con respecto a su país, todo le parecía, en un país que antes creía república bananera, tierra de un tercer mundo en el que apenas había algo por luchar, extraordinario. Ganas de fumar, de ir a los toros, de comprarse un piso por reactivar la economía, por ahogarse en la burbuja inmobiliaria, ganas de apalizar perroflautas, ganas de dar el mejor de los abrazos a Manolito Palomares. Estado del bienestar, por fin, por fin privatizado. Y la casa, las cuatro paredes de la casa, ya reformuladas. Y en todas las paredes, fotos, fotos de Mariano, don Mariano ya. Fotos de Cospedal, doña Cospedal. Fotos de Esperanza, doña Esperanza. La esperanza con dolores.
La mirada de Sorel se volvió hacia la ventana, y el mal tiempo le entristeció; se oían gotas de lluvia golpeando sobre los marcos de las ventanas. Hasta la lluvia han traído, pensó, el primo tenía razón, vaya timo de cambio climático. ¿No será mejor que duerma un rato más y me olvide de estas tonterías?, pensó entonces. 
Pero no fue posible. Aullaban las huestes a lo lejos, también cerca. Aullaban todas las huestes: súmate al cambio, súmate al cambio. Y así lo hizo: cambió de país en cuanto le fue posible. 

Este relato está total y absolutamente basado en Súmate al cambio, de Sorel. Si Lucy puede copiar, qué me lo impide a mí.