domingo, 11 de diciembre de 2011

Cosas que hacen que la vida merezca la pena XI

Un año ya de sobrinitis aguda. Los poemas ya canción de Leonard Cohen. Las visitas a Atarfe y ese, maestro, has crecido un montón desde la última que te vi, ehhh. Los retratos de Lenny y ese escribirle cuando lo necesita, cuando lo necesito, para que ella se sonría sintiendo que hay palabras que la colman, que hay palabras que la expresan. La tranquilidad de las noches sin más en las calles de Constantina. El frío que se te mete en las manos cuando uno pasea por las rutas verdes que rodean el pueblo, sierra norte que rodea todas las calles, y hace que todas las venas tengan raíces. Las noches de lunes escuchando el italiano con risas, el italiano con canciones, el italiano despiadado, del duo DaiNo. Saber que otro mundo existe y que a veces basta conocerlo en los demás. La versión de If it be your will de Antony and the Johnsons,  de Leonard Cohen. El jamón y la caña de lomo de Constantina, deshecho ya en los labios mientras se hace sabor. El concierto de blues en Granada, en el Boogaclub, un nuevo descubrimiento, de un mundo en el que hay tantas cosas por conocer y que todavía no se conocen. Carne cruda, de Radio 3, y su corrosivo monólogo, Viva España. Los últimos episodios de esa maravillosa comedia que es Community. Los bellos perdedores de Raising Hope. Ese hablar con amigos ya sea en Londres, ya sea en Alemania, ya sea en Italia, ya sea en Turquía, en tantos tantos sitios que uno no creía llegar a conocer. Las comidas en casa con Roby Carbone y una madre que se ha internacionalizado hasta límites insospechados. La lucidez, extraordinaria, de Alan Moore. Algunos de los poemas con ironía de Ángel González. Volver, siempre, volver a Antonio Machado, la metáfora más acertada de esa tierra que nunca se aprende llamada España. La música de Anton Karas, mítica ya en la historia del cine. Todas las manifestaciones en las que uno ha estado y las que quedan por estar. Arrugas y Memorias de un hombre en pijama, de Paco Roca. El arte, hecho ya cómic de Santiago Valenzuela. Perderse en tardes de chocolate y palabras. Perderse en noches de chocolate y silencios. Perderse en noches deliciosas con tutor. Mirar a la ventana por ver que fuera hay tiempo, que fuera hay mundo. El deseo, probablemente ya frustrado, de querer cambiar las cosas grandes, de querer cambiar las cosas pequeñas, el mundo tal y como lo conocemos. Estar sentado en una cama dejándose llevar sin más. El placer de decir no sin poner excusa alguna. El placer de decir no cuando apetece. La sonrisa azul de aquellas que han encontrado la luna en sus pupilas. No ser nada y saberse nadie y salir a la ciudad para dejar de ser alguien. La entropía, el desorden, el caos, una casa sin hacer. Una televisión apagada, frente a la que leer un libro. Alguna de las noches de gestos, que llegarán pronto, con Lourdes, por olvidar un poco que este mundo existe, y debería ser otro, reírnos entonces de la eficacia alemana y tantas otras verdades palmarias y sin sentido. Esas conversaciones mañaneras con Viky en que nadie conoce los límites y nadie piensa que detrás de cada broma hay algo de verdad, porque no, no lo hay, solo hay risas y el deseo de no parar, no parar nunca porque nada hay eterno excepto el cambio aunque sea un poco el vértigo al principio, no parar nunca sin saber adónde ha de llevarnos, y qué más da. Heidi, Heidi en Firenze, Heidi en Berlín, Heidi en mis dedos, siempre Heidi, porque hay fantasmas de dedos largos y ojos verdes que siempre acaban dejando huella. La huella de la gente que nos ha hecho mejores, más humanos. 

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