jueves, 15 de diciembre de 2011

Instrucciones para dar pulcritud a un traje

Piensa en esto: cuando te regalan un traje, te regalan un pequeño infierno elegante, una cadena de hilillos, un calabozo de inocencia. No te dan solamente el traje, que lo vistas muy bien, y esperemos que te dure porque es de buena marca, caro y comprado en Milano; no te regalan solamente esa preciosa chaqueta que vestirá tu torso y llevarás contigo. Te regalan -no lo sabes, lo terrible es que no lo sabes, o sí, pero te da exactamente igual-, te regalan un pedazo de patrimonio que se va haciendo más escaso a medida que el tiempo pasa y nos reclama: tu patrimonio moral. Te regalan la necesidad de sentirte bien vestido para tus conciudadanos, algo que no es tuyo pero piensas que te pertenece porque te lo han regalado y lo llevas atado a ti como si fuera tuyo. Te regalan la necesidad de guardar facturas y que nunca sepas dónde las tienes; te regalan la obsesión de devolver, o enviar, los regalos a la caridad o a hospitales en África, te regalan la necesidad, la maldita necesidad de saber que vas perdiendo amigos cada día. Te regalan el miedo de perderlo, de perderlo todo y perder tu cargo. No te regalan el traje, tú eres el regalado, a ti te ofrecen para el juicio de los trajes. Y lo que no son los trajes, claro. 

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