viernes, 16 de diciembre de 2011

Los 400 golpes

A mi particular intransigente de Avellaneda, Sorel
Cuando se levantó, decidió escribir la novela más monumental que su país hubiera conocido: otro El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha. Sabía que dedicaría años de su vida a ello, pero no le importaba: hay cosas que merecen la pena, cosas que merecen una vida. Sacrificarse, como lo haría su admirada Lucy, en el sacrosanto nombre del arte, era una de ellas. Se puso inmediatamente manos a la obra, y se sintió frustrado: a los libros le habían recortado palabras, letras, puntos y comas, párrafos completos. En una página encontró alguna que otra respuesta: hemos leído por encima de nuestras posibilidades. Cuánto cabrón sin gracia, pensó indignado, tanto copiar de otras páginas y no me han dejado ya ni las letras suficientes. Aparecieron, entonces, los editores, que le dejaron claro que otras editoriales les habían dejado claro que la idea era escribir minilibros, escribir minirrelatos. Y dejaron claro entonces que pagarían por cada letra, que se olvidara de los espacios en blanco.