martes, 14 de febrero de 2012

Banderas de nuestros padres (y nuestros hijos)

A lo lejos, una bandada de gaviotas se acerca a una bandera. En nombre de sus colores, destroza pequeños trozos de su tela hasta dejarla inservible, invisible, inútil. Huele a playa derrotada, a arena seca pero hay rosas cuyo aroma impide saberlo con certeza. Rosas de espina afilada que hacen cada vez más difícil llevar a cabo ese camino no tomado. La playa y sus orillas. A lo lejos, una bandada de gaviotas lleva los trozos de  bandera a sus legítimos amos. Un grupo de personas, temerosas, acaso complacidas, contempla el espectáculo. Algunos, cansados, caen pero hay otros que no parecen darse cuenta, ensimismados como están con el vuelo acrobático de pájaros que buscan en sus bolsillos cualquier objeto que llevar a sus agradecidos amos. La multitud contempla el espectáculo entusiasmada. A lo lejos, muy a lo lejos ya, cuando en la playa no queda más que gente sin nada y arena, las gaviotas. Y no, no son gaviotas sino buitres. Quedan atrás tantos cadáveres descompuestos.