martes, 7 de febrero de 2012

En blanco y negro II


Era el peor de los tiempos, era, sí, el peor de los tiempos, la edad de la mediocridad, y también de la estupidez; la época de las creencias y de la credulidad; la era de las sombras y de las largas noches de piedra; el otoño de la esperanza. Poco poseíamos pero no poseíamos nada; caminábamos por la derecha, cara al sol, con la camisa puesta. En una palabra, aquella época era tan parecida a la actual como la actual era parecida a aquella época, que nuestras más discretas autoridades, insisten en que, tanto en lo que se refiere al bien como al mal, cualquier recorte superlativo era aceptable. 
En el trono de España había un rey de campechanía muy desarrollada y una reina de cara corriente y origen ajeno; en el trono de Francia, no, perdón, no había rey, ni había trono en Francia. Era el año de nuestro Señor, dos mil doce. En período tan favorecido como este, habían sido concedidas a España las revelaciones espirituales. Te diré, puede pensar alguno, con trece millones de euro cada mes para la iglesia, como que sí. Te diré, dirá algún hereje. Hereje. Hereje, rojo, y posiblemente defensor de Educación para la Ciudadanía. Hereje, rojo, defensor de Educación para la Ciudadanía y, posiblemente, mariquita. Recientemente el señor Palomares, Manolito, Manolito Palomares para los amigos, había cumplido el centésimo quincuagésimo aniversario de su aparición sublime en el mundo, que fue anunciada con la antelación debida por una bandada de golondrinas becquerianas que acabó, misteriosamente convertidas, en gaviotas que pronosticaban, decían los herejes, que se hacían preparativos para tragarse a Almería y Madrid. 
Incluso el fantasma de la Callejuela del Águila, que otros confundían con don Manolito Palomares había sido desterrado, después de rondar por el mundo por espacio de más de cuarenta años y de revelar sus mensajes a los mortales de la misma forma que los espíritus, unos, grandes y libres, del año anterior que acusaron una pobreza extraordinaria de originalidad al privatizar los suyos. Los únicos mensajes de orden terrenal que recibieron la corona y el pueblo españoles, procedían de un congreso de súbditos católicos que residían en pleno cielo, perdón, Vaticano, mensajes que, por raro que parezca, han resultado de mayor importancia para la raza humana que dos milenios de evolución.

1 comentario:

La gata Roma dijo...

Plas, plas, plas, plas…
Dickens, si viviera, habría hecho algo parecido… Eso sí, esa novela me hizo pensar que a veces las revoluciones idealistas que se pintan liberadoras y románticas pueden ser injustas, y que total, para que al poco Napoleón se ciscara en todo… lo mismo daba…

Kisses