martes, 5 de junio de 2012

Cosas que hacen que la vida merezca la pena XIV

Los profesores del instituto Ilíberis manifestándose cada día en el recreo, a partir de mañana, con percusión incorporada. La ironía de Sonja en todas estas charlas informales. La tarde de graduación de los estudiantes de Osuna que Manolo y yo llevamos al viaje a Valencia y las palabras compartidas, la alegría de verlos y la alegría de que nos vieran. El pavo de Ana, con y sin tacones. La originalidad de Palhoma, con H, única e irrepetible. La madurez da una Pilar cada vez más humana. Esa unión irrompible de Ana y Pilar desde los tres años. La heladería italiana, recién inaugurada de Conil de la Frontera. Ser un niño en las orillas de la playa de Conil de la Frontera. Un domingo entre amigos en esta ciudad. Veinticinco años ya de Échate un cantecito, conocido en Sicilia, en Italia, en Alemania, y creciendo, siempre creciendo, veinticinco años ya de vino de Chiclana. El compromiso de Sorel, que crece a cada día. Las tardes tranquilas de instituto en estos días. Volver a descubrir, ahora más que nunca, el Lazarillo de Tormes. La humanidad inteligente de Gema, inmensamente solidaria con el mundo que la rodea. Reencontrarse a la gente del viaje: David, Gema, Paula, Sara, Laura y pensar en cuánto han crecido, saber que uno va cuesta abajo y se hace viejo y adora su trabajo y es su camino  estar arriba hasta llegar a donde quieran, implicarse, cambiar el mundo. Al menos, una porción pequeña; al menos, un poquito.  Seis de los grandes, de James Ellroy. Sangre vagabunda, de James Ellroy. Las pupilas verdiazules de Heidi. El paseo por Osuna, casi un año después, y encontrarme a Lenín, y saber, para bien, para mal, de aquellos estudiantes a los que di clases por primera vez. La dignidad de todas aquellas personas que se manifiestan por un mundo mejor. La leyenda del tiempo, esa obra de arte memorable en que se dieron cita todos aquellos que han hecho historia en la música española. Ese delicioso diario de Kiko Veneno en Échate un cantecito, o los trazos desgarbados de cómo crear una obra maestra, y esa verdad absoluta: las cosas pierden magia con su uso. Algunos de esos discursos que invitan a la movilización de Combates de nuestro tiempo, Julio Anguita, el gran califa y la carta, ejemplo absoluto de honestidad e integridad, que escribió a Felipe González, cuando este era presidente de España. Juan, paradigma absoluto de la lucha, bien entendida y mejor, biológicamente explicada, por la vida. Can´t take my eyes off of you, en sus diferentes versiones: Lauryn Hill, Franki Valli and the Four Seasons. Breaking Bad. La crueldad inmisericorde de algunos diálogos de Casablanca. El romanticismo exacerbado de algunas escenas de Casablanca. El realismo desgarrados de El Padrino, y esa violencia que queda tan alejada de la Sicilia que yo conozco, alejada de la Sicilia en la que solo soy un viajero. No logo, de Naomi Klein, o por qué debemos consumir de forma crítica porque somos parte del entorno en que vivimos. Los arañazos de una noche de junio en Algeciras. Esos versos certeros de Jaime Gil de Biedma, que nos hablan de amor, que sus misterios, como dijo el poeta, son del alma, pero un cuerpo es el libro en el que se leen. El poema, Elegido por aclamación, de Ángel González. La inmensa ternura de Miguel Delibes con todos sus personajes, y su última novela, El hereje. Killing me softly with his song. Mad Men y saber que, desde entonces, desde siempre, poco ha cambiado el ser humano. Ir a Granada y no ver a todo el mundo. Los iaioflautas. Ese almuerzo en la Pañoleta y encontrar después a gente no esperada en la manifestación contra los recortes en la Educación. Las recomendaciones musicales de Javier Pérez de Albéniz, en El descodificador. Esos artículos, tan interminables como apasionantes, de Jotdown. Algunos de los muchos versos tremendamente certeros de Antonio Machado sobre la sociedad española, sobre la esencia de los españoles. Una cena a la que me invitarán dos de las mejores notas de la Selectividad de este año. La vida sin coche y con paseos. Esas cenas de risas alegres en La pequeña, albóndigas con cacahuetes en salsa de pimientos y con brisa. Y el hecho inevitable que aunque esta el mundo se hunda, esta nave vaya a la deriva, a la gente, como entonces, como siempre, la siguen salvando las personas.