martes, 9 de octubre de 2012

Marionetas

Para Sorel
Érase una vez una vieja carpintería en lejanas tierras del norte que había creado marionetas de perfecta docilidad pero, con el tiempo, esas tierras se quedaron pequeñas. Ambiciosos, como eran, esos carpinteros de la misma tijera, decidieron llevar el modelo de su negocio a tierras más lejanas, a tierras del sur, para lo que necesitaron entonces marionetas de las mismas astillas que habían creado en el lejano norte. No fue difícil. Decidieron, además, para convencer a todo súbdito de que eran inocuas, que también habría en ellas, astillas de los rincones en los que habían crecido. Probaron y probaron hasta crear, así lo pensaban, la marioneta perfecta, la marioneta más dócil a sus intereses. Para acercarla a los súbditos quisieron llamarla Mariano, nombre campechano donde los haya. E insertaron en sus hilillos el programa que habían instalado en marionetas como esta: hemos vivido por encima de nuestras posibilidades; necesitamos austeridad, hay que hacer lo que hacer; austeridad o paro; Europa, Europa, Europa. A veces, el programa chocaba frontalmente con los retazos que también habían insertado para acercarlo a sus súbditos, que le decía: no tocaré Sanidad, no tocaré Educación, vamos a generar empleos. Consecuencia de este sí y no, no o sí, si pero no y todo lo contrario, crecía, no su nariz, sino el número de votos (la deliciosa ingenuidad de los súbditos, pensaban los carpinteros del norte). Y las mentiras disimularon el programa pernicioso de la marioneta llamada Mariano hasta que llegó al poder, aupado por tanta mentira inocua hasta ese momento. A partir de aquí, el programa se apropió de cada decisión tomada y, día tras día, hora tras hora, minuto tras minuto, repetía el mantra norteño: austeridad, austeridad, recortes, recortes. En soledad pensaba: soy un personaje de ficción que no puede luchar contra la realidad. En sociedad huía de súbditos que le preguntaban o arremetían contra su modelo de programa buscando siempre el auditorio más cercano a sus premisas, a las premisas de los carpinteros que empezaban a reconocer que la suya era una marioneta defectuosa hasta extremos vergonzosos. Tampoco importaba: seguía a pies juntillas el programa preestablecido olvidando en el camino a todos aquellos súbditos que le habían entregado mando total y absoluto. Tampoco importaba: iba desapareciendo, a un ritmo brutal, el aprecio por las tierras del sur ahora que su marioneta pasaba más tiempo cada vez en el sur. Defectuosa, como era, los carpinteros del norte sabían que acabaría también por mentirle a ellos pero tampoco importaba, ya que los hilillos de una marioneta siempre podían ser recortados para instalarse en otra. Y así, la marioneta Mariano solo podía pensar: soy un personaje de ficción que ha movido sus hilillos por encima de sus posibilidades.  

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