martes, 29 de enero de 2013

Donde las dejaste

Para Inma Lobo y Charo Rodríguez

Hay personas a las que les queda un hilo de vida, un hilo que da para horas, para meses, para años e incluso así, un hilo de vida como cafés de dos minutos que acaban por durar seis horas en un sábado de sol y luna en un pueblo perdido al sur de tantas cosas, al norte de tantas otras. A veces ocurre. Dijiste, David: las palabras están donde las dejaste, también los lápices. Pensaste, alguna vez: estáis aquí, aunque, esta vez, tal vez no vengan a recogeros, tal vez sea yo el que os tenga que escoger y explicar, cómo me han explicado, en italiano, en inglés, otra vez en italiano, ciao, hay hilos de vida que parecen durar poco y menos, en pleno cumpleaños, y saber, cómo no, que hay gente que necesita saber que hay hilos de vida que se están agotando aunque no lleguen ni a sospecharlo. Un mar de distancia en las venas, un mar de tiempo en las pupilas. Y no saber de números y saber, como sabes, que había palabras a las que no volver si acaso porque se habían ahogado, letras borrachas en las ventanas que contaban una historia triste, un día en que había hilos de vida que se estaban perdiendo y número de hospital que apostaban a negro, que apostaban a muerte. También un día después. Y despertar entonces. Y despertar al mundo. Después de pensar: a dónde irán ahora las palabras, las palabras que aquí quedan ya sin tu voz. Despertar al mundo, al sol, al italiano, y fármacos que hacían de un hilo de vida una madeja de ensoñaciones, de lenguajes incomprensibles en que todos parecían moverse. Un hilo de vida. Y, sí, a veces duele. A veces, duele, literalmente, estar vivo. Y sí, tenías razón, David, las palabras están donde las dejé y hay tardes en que vuelven a mí y es Sicilia otra vez, y es un volcán rodeado de playas, y es un teatro rodeado de volcán y playas, y es una orilla con arena en los pies y un poco de calor en los zapatos. Están las palabras, y hay muchas, ahora que hay silencio algunas tardes, y se agradece; ahora que hay brisa en las ramas y a un paso sigue siempre otro. Hay palabras, pocas, pequeñas, muchas, palabras, pequeñas, y grandes personas, pequeños grandes gestos que llegan y postales en dicienbre que sobreviven a las estaciones y sonrisas que llegarán a verano y seguirán ya sin frío, ya en las paredes y serán parte de nosotros. Las palabras están, David, ya lo dijiste, donde las dejaste, donde las dejé, allí quedan y aparecen otras, nuevas, y llenas de significado como Manolo, Bachillerato, Peñarroya, los últimos pueblos de Córdoba, ese despertar, como tantas otras veces, en los demás y darnos cuenta de que quedan palabras sencillas, gestos cómplices, pasillos con gente, sonrisas como espadas y el cansancio alegre de saber que estar vivo a veces mancha pero queda, precisamente, estar vivo. Y, en días como hoy, a pesar de algunas mañanas, estar vivo lo es todo. Estar vivo, sí, a cada instante y hacer de un hilo un manojo de años en los que caminar hasta encontrar una esquina en la que descansar un poco y saber que sí, que hay palabras que esperan y también gente con palabras.