lunes, 11 de marzo de 2013

Cosas que hacen que la vida merezca la pena II

Para Lola Palacios

La cercanía de Irene, una amiga inglesa a miles de kilómetros. Caminos nuevos, gente nuevo que hace que haya pasos que sean más amables y se llenen de sonrisas, como Inma y Charo. Los detalles de una Laura enamorada. Viky y su sucede que me canso de la gente aunque siempre me quedan las personas. Noches de ternura con Ana en el Soberao Jazz al amparo de unos acordes que envuelven en belleza las paredes. El verde de los ojos de Heidi que se hace azul en las orillas. El verde de unos ojos que andan, como siempre, perdiéndose en el mundo y esta vez será Mallorca. Y saber que si yo soy el sur ella es el norte pero conocer además que si ella es el sur yo soy Oviedo.  Cuentas parodias de twitter a todas horas: democratización de expresión en risa. Las pequeñas novelas que están escribiendo los estudiantes de mi tutoría. Bodas de sangre en Pueblonuevo-Peñarroya, sucesora, en lo posible, de aquellas misiones pedagógicas. Los vídeos que aparecen de, sí, Nuevas Generaciones, parodia absoluta de la nueva realidad española, contigo, contigo es más. Aquella tarde de hace un mes con Elisa, Fran y Lola después de un teatro solidario en que demostré que no sé nada de mi ciudad. El teatro, el pequeño teatro en pueblos al límite de la frontera. Bodas de sangre en los gestos, Bodas de sangre en las palabras. Las palabras de Fabrizio de Andrè en canciones en las que encontramos otra vez las huellas necesarias para encontrar nuestros pasos en la arena. El muro de papel en el que se escriben versos allá en la pared de su clase, de mi tutoría. El silencio que se hace a veces y tantas tantas, nunca en mi vida, tantas preguntas. Saber que, como dice Laura, a veces me escuchan más de lo que creo porque sí, porque, profe, tú crees que no, pero te respetamos, porque eres uno de los pocos que nos ha tratado como seres humanos. Y entender entonces la falta de silencio en la que cada uno expresa sus ideas y no hay entonces quien pueda encontrarlas. El puente de mi barrio en que encontré, en que Sorel encontró, aquella pintada: nos llaman soñadores los que más dormidos están. La sencillez con que se celebró el día de Andalucía en el salón de actos y esos cuatro estudiantes leyendo poemas, ese presentador al mando de una nave que fue inmensamente digna en todo momento, al compás de guitarras, palabras y taconeos que devuelven el sur al flamenco, el flamenco al sur. Conversaciones de patio de pequeña con Sorel en noches ya casi olvidadas. Y la vuelta, ya anunciada de Kiko Veneno que hace, como siempre, que la vida sea más dulce. Cenas abundantes de pizza y sorbete de limoncello con Adri en su Granada, en mi Granada, en nuestra Granada. Sorel y sus niños ejerciendo, una y otra vez, imprescindibles siempre, su derecho a exigir un mundo mejor. La fragilidad absoluta de saber que olvidamos siempre que podemos rompernos en cualquier momento. Esos lunes en italiano con Fra y Carmine en las ondas. Volver al sur, siempre, al sur de Italia para ser uno con el mar, uno con el tiempo, uno y solo olvidado por completo, ya tranquilo, y sin nada a miles de kilómetros a la redonda. Volver al sur para saber que habrá una vez en que no vuelva. 

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