lunes, 22 de abril de 2013

De tarde en tarde

Para Laura González y Adri Rodíguez

- Hola hola. 
-Hola pequeñita. Iba a preguntarte justo ahora mismo cómo te iba la vida.
- Nada, profe. Simplemente, me apetecía un poco de conversación interesante.
- Ah, claro, y como no has encontrado a nadie, pues aquí andas, hablando con tu viejo profesor.
- Profe, no empecemos. ¿Qué me cuentas tú?
- Yo estoy vivo, pequeñita. Casi nada, ¿eh?
- Yo también, profe, yo también. 
- Ya ya, pequeñita. Pero yo hubo días en que estuvo muerto el año pasado, no lo olvides.
- Profe, ayer estuve con Adri.
- Anda, el chico del seis. Y, ¿qué tal todo?
- Nada, hablando de los instintos suicidas que provocan nuestros profesores. Los de Ciencia de la Educación. Bufff, parece hasta una paradoja, profe.
- Ya ya.
- Con profesores que se consideran un atentado contra la misma. 
- Anda, cualquiera, como dice Wert, puede llegar a ministro, ya que no hace falta ser inteligente y, por lo que veo tampoco hace falta ser profesor.
- Imagina, profe. Has podido serlo hasta tú.
- Pero qué puñetera, ¿no?
- Eh eh, eso dice Adri. Mira qué ponerle un seis. Claro, como le pones un diez a los que te escriben cartas.
- Pequeñita, soy de Lengua, solo pongo diez a los que me entregan palabras. 
- Y este cuatrimestre, profe, ni uno bueno, ni uno de los que me da. Ni uno. 
- Bueno, busca por ti misma. Aprende a pesar de los profesores. Eres muy inteligente. Busca tu camino.
- Profe, cuéntame algo, anda.
- Qué sé yo: paseo, doy clases, me llevo a mis estudiantes a un paseo literario por Sevilla. Qué sé yo, estoy viviendo. Y tú, qué calladita...
- Ya, profe, estoy pensando. Creo que me va a salir humo.
- ¿En qué piensa usted?
- En julio, profe, en un verano fatal, en que hay cosas que no deberían llegar...
- Ainssssssss, pequeñita, y yo deseando que llegue julio. Y agosto. Quiero verano, y quiero Sicilia. Quiero desaparecer y dejar el cartel de no molestar. Non disturbare, per favore.
- Pero, profe, ya sabes cómo acabaron las cosas el año pasado, cómo acabó la relación.
- Pequeñita, hay diferencias, el chaval del año pasado era idiota, este te merece la pena. 
- ¿Cómo lo sabes, profe?
- Intuición. Confío en ella mucho más que en mi inteligencia.
- Sí, ponerle un seis a Adri no es señal de mucha inteligencia, no. Aunque ponerme un diez a mí sí, todo sea dicho. Pero, profe, yo nunca he escuchado nada sobre intuición masculina. 
- Ya ya, como que la mía es femenina...
- Ya sabes que pienso que él es el definitivo.
- Yo también, pequeñita, yo también.
- Pero, ¿por qué? Tienes que basarte en algo.
- Alguien que nos hace crecer como persona en este mundo es alguien que merece todo nuestro mundo. Ese es él para ti. Ese va a ser. Vívelo a él; vívete a ti. Piensa menos y vive. Como cualquier ministro del PP. Pero sin joder a los demás, ehhhh.
- Ojalá, profe, ojalá.
- Por cierto, hoy he visto un montón de cartas que me escribieron mis alumnos. Son muy tiernas. 
- ¿La que te escribió el del sobresaliente también?
- Esa no, pequeñita, esa no. Esa fue víctima de las llamas.
- ¿La quemaste?
- Yo no, la quemó Adri.
- ¿Ves? Tendrías que haberle puesto un diez jajajaja.
- Pues sí que sí, pequeñita. 
- Ainssssss, profe, mientras queméis cartas que no os gusten y no plasmas, que nos conocemos.