miércoles, 3 de abril de 2013

Quedas

Han pasado horas, minutos, alguna noche de lluvia sin estrellas, el tiempo tranquilo. Han pasado aceras, páginas, párrafos que se han quedado en las pupilas y tanta tanta calma en los dedos, líneas que se pierden en la arena y alguna tarde de sol sin nubes, un cielo claro. Han pasado palabras, silencios incómodos, silencios que invitaban a la complicidad y susurros que gritaban a veces el dolor existe para hacernos saber que estamos vivos y tanta tanta tranquilidad que grita en los oídos que no, que no es eterna, no lo será (todavía), tanta tanta tranquilidad de sillas en las puertas de barrios donde todo el mundo se habla al ocaso. Han pasado árboles, caminos de arena y fango, aires de sur y nieve, un volcán, algún teatro y las canciones de cuna necesarias para saber que no hay nada como dormir en una hamaca mientras la madrugada asoma. Han pasado mañanas, mañanas de llano y piedra, ladrillos con que destrozar al tiempo y creerse más fuertes, raíces que se aferran al suelo como otros se aferran a su tiempo y mucho más. Han pasado tés, chocolate a mediatarde, piscinas con discursos sociales, visitas a amigos con té con leche y madrugadas sin sueño en las que llegar al alba siguiente era suficiente. Han pasado plasma, NO&DO, nieve, confetti, cuentos de princesas que pueden ser hechas prisioneras y un país por completo a la deriva, como dos brazos que se saben cadáveres y sin aliento. Han pasado alumnos, un viaje al norte y, otra vez y como siempre, postales que dicen que escribirse es como, si no se recuerda mal, enviar un rayo del sol al corazón. Han pasado daño, madrugadas de cortina en que las paredes hacían que los segundos fueran en blanco y libros en el suelo en que aparecían historias que aún hay que contar. Han pasado Tintarella de luna, Vedrai vedrai, Il ragazzo della via Gluck y Fabrizio de Andrè en el camino de vuelta, han pasado luces que nunca existieron y sábanas con un cuerpo que se había perdido a sí mismo y tardó, como nunca en encontrarse; han pasado limoncello, helado de fiordelatte e nocciola, ciudades con diluvio y plazas de España con estanque y barcas en las que remar al amparo de escaleras sin baldosas. Ha pasado el sur en varias partes, también el norte en algunas otras, montañas en tantos sitios, alguna playa, tantas orillas, mar de arena con sombrillas, un mar de resaca, olas que gritaban, pasaron vida, muerte, ha pasado un cuerpo y sí, se ha quedado, y tantos tantos números, palabras, parole, tantos olvidos, recuerdos, lágrimas, risas, algún abrazo, sábados de italiano en el sur y español también en estos sitios. Han pasado números en un brazo, un punto, un punto y seguido y una coma: la vida sigue, también semanas, han pasado meses y pupilas que miran al mundo con la ingenuidad de los que se enfrentan al mundo por primera vez, han pasado viajes, nuevas ciudades, rincones, sabores que no había en los labios. Han pasado marcapáginas, pensamientos a pie de página, camas en una azotea y todas las calles de un pueblo sin sol desde hace siglos parece y sin paraguas porque a la lluvia se va para mojarse. Han pasado tus manos, algún mechón de pelouna isla, tu boca contando a todas las ramas que tú naces en tus besos para que otros vivan en ellos, han pasado alas, como siempre, en tus tobillos, tus ojos soñándose cielo en todos los girasoles y el apetito insaciable de despertar en tus muslos en todas las ventanas. Has pasado, tú. Y quedas. 

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