lunes, 17 de junio de 2013

Bajo las estrellas

Solo las estrellas nos vestían, tú y yo y una cama sin sábanas en la que pesaba hasta el suelo. Eran tus pechos luz de luna húmeda sobre mis manos, sed de carne que se deshizo en mis manos. Antes. Antes habían pasado muslos, un sujetador, unas bragas que dijeron descansar sobre las baldosas. Nada estaba frío salvo los azulejos. Habían pasado algún vestido, una noche en calma, palabras, silencios, mordiscos sobre un cuello cada vez más humedecido. Cuántas estrellas y nada más. Una luna pequeña y el deseo irrefrenable de unos labios que se perdían en los cráteres de unos pezones. Profundo el mundo entonces, profundo el deseo. Había pasado algún gemido, pequeño, breve, casi susurrado a una brisa alegre que peinaba los tobillos. Una brisa sin más era el mundo entonces. Una brisa sin más tú y yo entrelazados entre los dedos. Sudaban tus calles y cuanto yo quería era sumergirme en todos tus adoquines. Abrías tu boca a la madrugada, mordías mis labios, mordía tus labios, palpaban mis dientes tus cráteres, gemías a las ventanas de una casa con cristales. Tiempo para pasar, tiempo que recorrer, en tus rodillas, en tus piernas. Era el tiempo una noche con estrellas y cuerpos desnudos y tú una ciudad con río por el que navegar mi lengua y yo, yo y mi lengua. Adentro, muy adentro, se pierde mi hambre en tus olas y emergen de tus arenas mis raíces, orillas que en mis orillas en el mar se confunden. Adentro. Muy adentro. Ya dedos y lengua, ya un río de tierra que en el sexo de tu agua entra. Solo yo, río de tierra y hambre; solo tú, río de agua y sed, caudal único que se consume bajos todas las estrellas.