domingo, 1 de diciembre de 2013

Caminantes

Para mi tutor Juan Cañadas, Paco Cardenete y Kikas Sánchez-Montes
Todo pasa y todo queda, pero lo nuestro es pasar, pasar haciendo caminos sobre la mar. Te llamó una voz de ultratumba (parliamo italiano?) para estar contigo, para recordarte que el tiempo pasa, y también queda, como quedamos nosotros al pasar, al pasar haciendo caminos sobre la mar. Golpe a golpe, verso a verso, el tiempo corre, el tiempo se detiene. Golpe a golpe, verso a verso. Vivir, ya lo dicen, desde el principio, es separarse, pero olvidan que cada despedida abre las puertas a un reencuentro. A los pasillos de un instituto en los que compartimos risas para una década, risas para todo un mundo. Vivir, desde el principio, tutor, es separarse y propiciar los reencuentros. Vivir son tardes de lunes de tertulia con canciones de Dylan a una voz para cuatro manos; un mechero, parole parole parole y tanto tanto humo; vivir, desde el principio, implicó martes de cansancio y risas por las tardes madrugadas de los lunes. Había dejado un poco, de lado, la vida pero volvió en ese año, volvió en esos pasillos, volvió en las segundas horas de los viernes en los que corregimos entre cero y un examen, casi casi que ninguno; vivir, algún día, fue encontrar un llavero de bandera a tres colores y tanta afinidad política, cultural, vital. Caminante, no hay camino, se hace camino al andar. Cuánto camino has hecho, tutor, y a cuántos enseñaste a dar el primer paso en esos caminos, ese primer paso para empezar a caminar mundo y vida. La vida alegra como el mundo duele: por encima de todo, becario, vivir, y así lo hicimos, en el viaje a Granada con Pabellón de las Ciencias, en las largas noches en tu casa con libros y recetas, también baloncesto, en la lucha constante por entender que educar es otra cosa y, a veces, es hasta importante escuchar a adolescentes, obligarlos a pensar, llenar de colores unas pizarras tan acostumbradas a los grises en los que algún tiempo estuviste. Vienen tiempos difíciles, otra vez, como ya los has vivido y toca la lucha, la lucha otra vez, hacerla diaria y cotidiana, enseñar a pensar, educar para vivir, hacer mejor el mundo que nos habita. Vienen y van. Pasan y quedan. Queda amor, caricias, ternura en los pasillos, en las calles, en los gestos, en un salón de acto en que las sillas sigan siguen siendo viejas y los sentimientos se hacen duraderos. Es el tiempo en pausa, mientras el mundo sigue rodando. Eres tú y es tu voz pidiendo un mundo menos desprotegido para tu becario, son tus ojos hablando mientras escuchas. Porque cuando la voz se rompe el corazón sigue gritando, dice Paco. Y toca, como ayer, como hoy, como mañana, vivir, luchar, pensar, sentir, descubrir los mundos sutiles, ingrávidos y gentiles. Una no tan pequeña huella que siempre volverá. Cuántas palabras, tutor, y cuántos silencios en ese año, cuánto aprendí en aquellos pasillos y con aquellas desmotivadas, el año en que me hice profesor, el instituto en que me encontré a mí mismo y a alguien excepcional, al que pasado y presente visitaron ayer, en, cómo no en el instituto al que acudiste hace tanto tiempo para dejar las puertas abiertas para que entraran personas, ideas, cuanto la vida traía. Por la blanda arena que lame el mar su pequeña huella no vuelve más. Hay gente, sí, que volvió del mar, que volvió de todas las heridas porque escuchó, tu voz, ya sabes, de todas las heridas que traía la oscuridad en las muñecas yu en las manos. La tuya volverá, poco a poco, en aquellos que pisaron esos pasillos, poco a poco, golpe a golpe, verso a verso. Y tu becario te encontró a ti, y encontró también la vida, abandonada por entonces. Y recetas de paellas para cien personas y miles de recuerdos, tanto tanto tanto cariño. Y saber, como supe entonces, como sé ahora, que luchar un día está bien, luchar de vez en cuando está muy bien; luchar muy a menudo es necesario, pero luchar todos los días es, en días como estos, absolutamente imprescindible.

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