lunes, 17 de junio de 2013

Bajo las estrellas

Solo las estrellas nos vestían, tú y yo y una cama sin sábanas en la que pesaba hasta el suelo. Eran tus pechos luz de luna húmeda sobre mis manos, sed de carne que se deshizo en mis manos. Antes. Antes habían pasado muslos, un sujetador, unas bragas que dijeron descansar sobre las baldosas. Nada estaba frío salvo los azulejos. Habían pasado algún vestido, una noche en calma, palabras, silencios, mordiscos sobre un cuello cada vez más humedecido. Cuántas estrellas y nada más. Una luna pequeña y el deseo irrefrenable de unos labios que se perdían en los cráteres de unos pezones. Profundo el mundo entonces, profundo el deseo. Había pasado algún gemido, pequeño, breve, casi susurrado a una brisa alegre que peinaba los tobillos. Una brisa sin más era el mundo entonces. Una brisa sin más tú y yo entrelazados entre los dedos. Sudaban tus calles y cuanto yo quería era sumergirme en todos tus adoquines. Abrías tu boca a la madrugada, mordías mis labios, mordía tus labios, palpaban mis dientes tus cráteres, gemías a las ventanas de una casa con cristales. Tiempo para pasar, tiempo que recorrer, en tus rodillas, en tus piernas. Era el tiempo una noche con estrellas y cuerpos desnudos y tú una ciudad con río por el que navegar mi lengua y yo, yo y mi lengua. Adentro, muy adentro, se pierde mi hambre en tus olas y emergen de tus arenas mis raíces, orillas que en mis orillas en el mar se confunden. Adentro. Muy adentro. Ya dedos y lengua, ya un río de tierra que en el sexo de tu agua entra. Solo yo, río de tierra y hambre; solo tú, río de agua y sed, caudal único que se consume bajos todas las estrellas.


lunes, 3 de junio de 2013

Cosas que hacen que la vida merezca la pena III

Para Charo
Un lunes de diciembre en que escuché: anda, otra vez te encuentro; tu departamento de Lengua bien, pero no te juntes con este, que es gentuza. Un lunes de diciembre que no volvió a ser hasta el lunes siguiente. Una evaluación de diciembre en la que poco o nada tuvimos que decir. Un café de seis horas, con ventanales, y cena, y ron con coca-cola. Y sala de profesores. Un pueblo al límite de todos los pueblos con gente. Y con personas. Reírnos del veneno ajeno. En pequeñas cantidades. Y en grandes cantidades. En ingentes cantidades. La torpeza de no saber abrir una botella de vino. Cozze alla marinara a cuatro manos. Con perejil, y ajo, y vino blanco, y salsa de tomate. Y cuatro manos. Con cuchillo. Y cuchara. Y plato. No rendirse, nunca. Reunión para Coedujuegos. Y cumpleaños. Y páginas de un cómic todavía no leído. Y partes de un mordisco todavía no tomado. Sonrisas. Enormes sonrisas. Guardias de recreo bajo el sol. Un sillón de sala de profesores en compañía. La esquina. La misma esquina. Tu esquina. Un muro casi derribado. Y no rendirse, nunca. La inteligencia maliciosa de mujeres que tienen claro su camino. Autoestimas varias. Marcapáginas en italiano de un libro con páginas en blanco. Maus. Fines de semana en pueblo en compañía con palabras. Y silencios cómplices. Paseos por el Peñón con brisa en soledad. Desayunos con jamón, tomate, aceite. Y toda la tranquilidad del mundo en un bar con el que llega tarde al instituto. Llegar tarde a clase, alguna vez. Tanto tanto odio. Las charlas de ánimo y las broncas con las que no pensar, para que no pensara. Las segundas oportunidades. El mar en cualquier parte. Una noche de jueves de mayo y borrachera de la que no recuerdo nada. Ni una mano en mi boca. Ni mi boca en un brazo. Ni unos pies en un sillón. Ni un bocado en un brazo. Ni un poquito de limoncello. Ni un cambio de lugar y así a mi lado. Ni un quédate, quédate un poquito más, aquí en el sillón, conmigo. Ni un beso al aire, sí, sí, un beso al aire digno de un niño de cuatro años. Cafés con ron y coca cola en Osuna con estación de tren y tiempo. Un viaje a Sevilla con tarta de galleta de chocolate. Encontrarme a Gema y Paula, alumnas que nunca tuve, y olvidar la comida. Un viaje literario a Sevilla con Cervantes, Don Juan y barcas. Y un coche de policía del que salir sonriendo. Una tarde complicada de la que reírnos. Y mucho. Mucha mucha risa. Pasta a cuatro quesos. Y jamón extremeño. y un sofá en que vivieron imperturbables dos mujeres toda una tarde. Tarde de evaluaciones en las que pensar en notas. Y notas. Y no. Este no. Y no. Tan tan terca. Ensaladas de piña y remolacha delante de un televisor que apenas escuchamos. Rollitos de pollo al vino. La Granjuela. Y una cena a la que uno invita porque lo han invitado. La simpatía del dueño de un bar con pulpo a la gallega. Noches de primavera en un La Tertulia. El placer de habernos conocido. La historia de Gabo, Gabo el payaso; no, el payaso, no; Gabo, el escritor, sí, el escritor, un tal García Márquez. Y volver a Comala. Y volver a Macondo. Y volver al olor de las almendras amargas. Y volver a Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo.