viernes, 23 de agosto de 2013

Últimas tardes

 Para Laura González
- Hola, profe.
- Hola, pequeñita.
- ¿Qué tal todo, profe?
- Bien, todo bien, hasta enamorado. Un verano tranquilo, diría yo.

- Qué bien. Yo también. Y dentro de nada, en Granada. 
- Eso sí que es una ciudad, y no Algeciras. 
- Profe, no empecemos. Algeciras es genial, es más, es el sitio en que nací. Y, de paso, Wert es un bastardo.
- Bueno, bueno...
- ¿Wert es un bastardo?
- Quiero decir que no solo él. Wert y los demás, niños católicos de papá que creen que el dinero es inteligencia. Y la inteligencia es catolicismo. Pero, ¿por qué esta vez?
- Buff, si vieras los requisitos para las becas. Si fueran los requisitos para ser ministro ninguno de ellos habría pasado de concejal de pueblo. O sí, habrían comprado los requisitos, claro.
- Qué país más triste, de verdad, si fuéramos el país de Colliure...
- ¿El país de Colliure?
- Sí, sí, el de Colliure. El de Antonio Machado, Lorca, y todas esas personas anónimas que creyeron en una tierra mejor. Habríamos sido grandes. No sé si grandes, pero seguro que mejores. Pero tenemos...
- ¿Qué tenemos, profe?
- Tenemos lo que merecemos. Y lo que no merecemos, imagino. La tierra de las cunetas. Todo aquello que pudo ser mejor, todos aquellos que pudieron hacernos mejor, tuvieron que huir o acabar tirados al lado de unas carreteras que llevaron a la nada. Y allí seguimos, en la nada más absoluta. Y de la nada más absoluta alcanzaremos las más altas cotas de miseria.
- Lo que se dice todo un cambio, sí, profe.
- Bueno, tampoco tenemos que darnos por derrotados. Perdimos la guerra, perdimos la paz. 
- Sí, sí que te veo animado, profe. 
- Algún día cambiará. Estamos hasta obteniendo pequeñas victorias, pequeñas, pero victorias. Además, uno no debe cambiar grandes lugares sino los rincones más pequeños. Entonces el cambio será más profundo.
- ¿Y si esos rincones nos hacen daño, profe?
- ¿Cómo?
- Imagina. Queremos cambiarlos, pero las personas que pueblan esos rincones que nos hacen daño, que nos dicen que no valemos la pena. ¿Merece la pena?
- Sinceramente, no tengo ni idea. Solo sé que debemos hacerlo. Sería muy triste hacer algo en función de la respuesta de los demás, sobre todo, porque no sabes si van a responder bien, si van a responder siquiera. Uno hace lo que puede. 
- Sí, uno hace lo que puede, profe, pero duele, y duele mucho, porque encuentras gente y no te merece la pena. Y duele. Duele mucho. Sobre todo, si te hacen más pequeña, más insegura, hacen que los espejos sean difíciles.
- No sé, a veces es bueno no mirarse en los espejos, sino en los demás. Si, hay un montón de gente que es imbécil, pero hay personas que nos devuelven lo mejor de nosotros mismos. Por ellos sí merecen la pena.
- Ya. Pero son pocos y, a veces, están lejos. Y eso no es una solución. Yo quiero saber si merece la pena. 
- Es que no sé si merece la pena, pequeñita. Solo sé que si el daño te lo han hecho a ti, es mejor no provocar ese daño. Si no, han ganado los demás. Es como dices, el PP y su banda de psicópatas nos ha jodido la vida así que vamos a jodérsela a ellos. No funciona así. 
- O sí. 
- O sí. A saber. Es que a veces las apariencias engañan. Y uno creo que los besos son mejores en las bodas. 
- Pero hay besos que son mejores en una estación de tren que en una boda. 
- Sí, mucho mejor. Porque saben a vida, a sorpresa, a la esperanza de volver a ver a alguien. Y no a rutina. La rutina de haber convertido una relación en papel.
- La rutina es terrible siempre. 
- Pero imagino que la necesitamos, para saber que es lo bueno que tenemos en nuestra vida. 
- Y lo bueno en mi caso es Granada. Y el día en día en Granada. 
- Y muchas cosas más, pequeña, seguro.
- Por ahora me quedo con Granada. Y con besos en estaciones de tren.