domingo, 15 de diciembre de 2013

La princesa curiosa

Para Romina Pasca

Fue la última vez que miraron al cielo. A lo lejos, se hallaba el palacio real, asediado durante noches por el último dragón del que se sabía estaba vivo. Dentro de sus murallas, la princesa, de ojos claros y cabellos tan rubio como el sol, preguntaba, una y otra vez, a sus padres, cuanto le venía a la cabeza. Tanto era así, que la llamaban la Princesa Curiosa. Preguntaba, una y otra vez. Por ejemplo, preguntaba a sus padres porque no existía la vida más allá de los muros donde ellos residían y ellos respondían que allí estaba todo cuanto necesitaban. Preguntaba, por ejemplo, porque los muros permanecían cerrados al pueblo y sus padres contestaban que era lo lógico ya que sus súbditos le arrebatarían todo cuanto tenían. Por qué, volvía a preguntar, y sus padres le decían porque nosotros se lo hemos arrebatado a ellos ya que, por la gracia de dios, todo cuanto está fuera de estas murallas nos pertenece. Paseaba y paseaba y repetía cada pregunta: padres, qué es el esfuerzo y sus padres no hacían otra cosa que decirle que era la forma de no decirle a sus súbditos qué es la esclavitud, dado que todo resultado del trabajo digno que realizan llega a nuestras manos. Por qué lo hacen, padre, por qué. Y ellos respondían porque no estamos solos, porque nosotros les hablamos de trabajo digno y la Iglesia, luego, donde van a buscar descanso para su alma, les hace saber que si sufren en esta vida terrenal alcanzarán el cielo mientras nosotros tenemos el cielo en la tierra para alcanzar, por la gracia de Dios, el cielo en el cielo. ¿Por la gracia de Dios, padre? Por la gracia de Dios. Una de las tardes, mientras paseaban, ambos miraron al cielo y allí estaba, ante sí, el último dragón del que se sabía estaba vivo. Miraron al cielo y escucharon las voces de sus súbditos: queremos venganza, queremos justicia. Qué quieren, padre, por qué gritan. Quieren, dijo el rey, y resulta ridículo, quieren ser como nosotros, quieren vivir como nosotros. Por qué no pueden, padre. Querida hija, si todo el mundo viviera como nosotros, tendríamos que repartir nuestro botín, repartir nuestro esfuerzo. Querido padre, ellos tienen un dragón, nosotros tenemos un ejército. Así fue: la batalla duró incontables días, incontables noches hasta que el dragón, criado por los habitantes del reino, el último dragón del que se sabía estaba vivo, cayó derrotado. Y ahora qué, preguntó el rey. Ahora, padre, debemos cortar las cabezas de algunos de nuestros súbditos y depositarlas en lo alto de nuestras murallas para que, al alzar sus ojos, nuestros súbditos vean que no hay más cielo que el que nosotros podamos darles. Y ella, como sus padres, jamás preguntó a sus súbditos por qué habían decidido rebelarse.

martes, 10 de diciembre de 2013

Queda la marca

 Para Lourdes

Pronto habremos visto cosas que no creeríais: niños jugando al fútbol en calles que ahora están desiertas; vigilantes que caminaban por las aceras sin detenerse ni detener en momento alguno; caminantes que paseaban de semáforo en semáforo sin un alcoholímetro en sus labios; colegios públicos a los que, en ocasiones, iban niños a aprender, iban profesores a enseñar; becas para estudiantes que no tienen para becas; hospitales públicos a los que  podían acudir pacientes porque habían sido ya pagados con impuestos; médicos de la Sanidad Pública que, una vez, fueron funcionarios; haces de luz que no habían generado déficit eléctrico; grupos de españoles que todavía no habían empezado a vivir bajo los puentes; hilos de tuits que proponen rebelión contra toda forma de placer establecido; niños que, felizmente, nunca supieron lo que era la postguerra; presidente preocupados por sus ciudadanos y no por una bandera -¿alguna vez los hubo?-, presidentes de verbo elocuente y discurso sencillo -¿alguna vez existió?. Pronto habremos visto cosas que no creeríais: masas ingentes de personas olvidadas que no fueron más que súbditos. Alguien dirá: Españoles... los españoles han muerto; queda la MarcaEspaña.

domingo, 1 de diciembre de 2013

Caminantes

Para mi tutor Juan Cañadas, Paco Cardenete y Kikas Sánchez-Montes
Todo pasa y todo queda, pero lo nuestro es pasar, pasar haciendo caminos sobre la mar. Te llamó una voz de ultratumba (parliamo italiano?) para estar contigo, para recordarte que el tiempo pasa, y también queda, como quedamos nosotros al pasar, al pasar haciendo caminos sobre la mar. Golpe a golpe, verso a verso, el tiempo corre, el tiempo se detiene. Golpe a golpe, verso a verso. Vivir, ya lo dicen, desde el principio, es separarse, pero olvidan que cada despedida abre las puertas a un reencuentro. A los pasillos de un instituto en los que compartimos risas para una década, risas para todo un mundo. Vivir, desde el principio, tutor, es separarse y propiciar los reencuentros. Vivir son tardes de lunes de tertulia con canciones de Dylan a una voz para cuatro manos; un mechero, parole parole parole y tanto tanto humo; vivir, desde el principio, implicó martes de cansancio y risas por las tardes madrugadas de los lunes. Había dejado un poco, de lado, la vida pero volvió en ese año, volvió en esos pasillos, volvió en las segundas horas de los viernes en los que corregimos entre cero y un examen, casi casi que ninguno; vivir, algún día, fue encontrar un llavero de bandera a tres colores y tanta afinidad política, cultural, vital. Caminante, no hay camino, se hace camino al andar. Cuánto camino has hecho, tutor, y a cuántos enseñaste a dar el primer paso en esos caminos, ese primer paso para empezar a caminar mundo y vida. La vida alegra como el mundo duele: por encima de todo, becario, vivir, y así lo hicimos, en el viaje a Granada con Pabellón de las Ciencias, en las largas noches en tu casa con libros y recetas, también baloncesto, en la lucha constante por entender que educar es otra cosa y, a veces, es hasta importante escuchar a adolescentes, obligarlos a pensar, llenar de colores unas pizarras tan acostumbradas a los grises en los que algún tiempo estuviste. Vienen tiempos difíciles, otra vez, como ya los has vivido y toca la lucha, la lucha otra vez, hacerla diaria y cotidiana, enseñar a pensar, educar para vivir, hacer mejor el mundo que nos habita. Vienen y van. Pasan y quedan. Queda amor, caricias, ternura en los pasillos, en las calles, en los gestos, en un salón de acto en que las sillas sigan siguen siendo viejas y los sentimientos se hacen duraderos. Es el tiempo en pausa, mientras el mundo sigue rodando. Eres tú y es tu voz pidiendo un mundo menos desprotegido para tu becario, son tus ojos hablando mientras escuchas. Porque cuando la voz se rompe el corazón sigue gritando, dice Paco. Y toca, como ayer, como hoy, como mañana, vivir, luchar, pensar, sentir, descubrir los mundos sutiles, ingrávidos y gentiles. Una no tan pequeña huella que siempre volverá. Cuántas palabras, tutor, y cuántos silencios en ese año, cuánto aprendí en aquellos pasillos y con aquellas desmotivadas, el año en que me hice profesor, el instituto en que me encontré a mí mismo y a alguien excepcional, al que pasado y presente visitaron ayer, en, cómo no en el instituto al que acudiste hace tanto tiempo para dejar las puertas abiertas para que entraran personas, ideas, cuanto la vida traía. Por la blanda arena que lame el mar su pequeña huella no vuelve más. Hay gente, sí, que volvió del mar, que volvió de todas las heridas porque escuchó, tu voz, ya sabes, de todas las heridas que traía la oscuridad en las muñecas yu en las manos. La tuya volverá, poco a poco, en aquellos que pisaron esos pasillos, poco a poco, golpe a golpe, verso a verso. Y tu becario te encontró a ti, y encontró también la vida, abandonada por entonces. Y recetas de paellas para cien personas y miles de recuerdos, tanto tanto tanto cariño. Y saber, como supe entonces, como sé ahora, que luchar un día está bien, luchar de vez en cuando está muy bien; luchar muy a menudo es necesario, pero luchar todos los días es, en días como estos, absolutamente imprescindible.