jueves, 24 de julio de 2014

Un año, dos años, una vida, dos vidas: discurso de graduación

Para Rosa, a la que echaré inmensamente de menos. Muchas gracias por las risas. Y a todos los estudiantes, claro, siempre. 

Vivir, desde el principio, es separarse, decía Pedro Salinas. Y hoy, tristemente, alegremente, toca decir adiós a algunos; hasta luego, a otros, toca despedirse, para siempre, durante algunos meses, de unos pasillos que os han visto crecer durante cuatro años, durante seis, o siete, u ocho, a saber, aunque esperemos sean, como he dicho, cuatro o seis; toca separarse de profesores que han formado parte de vuestro aprendizaje, de compañeros de clase que han acabado por convertirse en amigos y en parte imprescindible de vuestra vida. Aunque, seamos claros, no toda despedida ha de ser triste; sí, esta puede ser nostálgica, por el tiempo pasado aquí, pero es una puerta que se cierra, para que se abran tantas otras, para seguir caminando ahora que se os cierran, aunque siempre permanecerán abiertas para vosotros, las puertas de este instituto, las de la universidad, las de ciudades como Córdoba, Granada, etc.
Sin embargo, para que exista un adiós, una despedida, primero ha de existir un hola, qué tal, cómo estás, un primer día en los pasillos de este instituto, en sus clases, en ese salón de actos en el que hacer un examen en pleno invierno era congelarse los dedos y, muchas veces, las ideas. Y, como el vuestro, también yo recuerdo ese primer día, punto inicial del cariño que le tengo a este instituto, y a este pueblo, del que no sabía absolutamente nada hace un poco menos de dos años. Y así como vosotros encontrasteis vuestro primer hola aquí, vuestro primer abrazo, vuestro primer beso, vuestro primer aprobado, vuestro primer, espero que algunos no, suspenso, vuestra primera riña por parte de un profesor, también yo encontré mi primer hola, esa llamada de la Delegación que me decía, un viernes en Granada, que a partir del lunes yo tendría que estar dando clases en Peñarroya-Pueblonuevo. Y mi primera pregunta fue, claro, pero, ¿dónde está ese pueblo? Después, no os voy a mentir, llegó la llamada de un amigo para animarme, y mucho: José Manuel, me dice mi hermana que allí ella ha tenido a los peores alumnos de su experiencia como profesora y así llegó el lunes y la preocupación al acercarme poco a poco a este instituto. Y pensar, porque tal como vosotros pensáis, qué tal serán los profesores este año, también nosotros tendemos a pensar qué tal serán los alumnos que tendré en nada.
Y no toca otra cosa, como profesor, que entrar a clase y esperar que, al menos, al menos, no sean tan terribles como los ha descrito la hermana de mi amigo. Pero, ya sabéis, no es bueno juzgar un libro por su portada, ya que, en ocasiones, podéis perderos las mejores historias en las que podríais sumergiros, el mundo que podríais compartir. Y, aquí, sí, toca hablar de esos primeros días en que, el año pasado, pregunté, en clase, quién quiere leer, y casi un noventa por ciento de los alumnos levantó la mano. Algo no cuadraba, y a medida que os fui conociendo a muchos de vosotros, fui creciendo con vosotros, y compartiendo mucho de los mejores momentos de ese año, hasta un viaje en coche de policía que muchos recordaréis, en uno de los mejores grupos de alumnos que yo he tenido en clases, en uno de los mejores grupos de personas que yo haya conocido. Así que no, no eran tan terribles los alumnos de este instituto, no, no era bueno dejarse llevar por la opinión de los demás sin mostrar juicio crítico alguno, juicio crítico que debe seguir siendo parte de vuestro crecimiento intelectual. Y no, no era tan terrible en un instituto en el que he sido feliz en sus pasillos, en las clases, en los recreos en el patio, viendo cómo algunos habéis seguido creciendo. Porque vivir no es otra cosa que crecer. Y crecer, a veces, es para bien: es encontrar, como yo he encontrado aquí, trabajo, ya en los primeros días de noviembre de hace dos años; amor, aunque el amor tardó casi un año en llegar, y mira que ya me lo decía casi todo el mundo, pero lo bueno, claro, lo bueno, se hace esperar, trabajo, digo, amor, y, por encima de todo, tanta tanta vida en estos años. Y es que no hay más que saber, tener claro que cada día, cada uno de los días de nuestra vida es un regalo y disfrutarlo como tal. La vida que espero tengáis los que os quedáis aquí y la que os vais. El olvidado asombro de estar vivos, del que hablaba Octavio Paz.
Y es el camino que lleva del hola al adiós en este instituto, en estos pasillos, en estos pupitres, en estas calles, en Córdoba, en Granada, el camino de crecimiento, espiritual, físico, intelectual, de cada uno de vosotros, el que os hará mejores y hará mejor al lugar en el que estéis, al entorno que os rodee.
Amor, vida, trabajo. Os espera, tal vez, aquí en los años de instituto, tal vez fuera, en Córdoba, en la Universidad, en las calles, os espera crecer. Y crecer, supone, por encima de todo, requiere honestidad, ser fieles a vosotros mismos, porque aunque perdáis el mundo, os ganaréis a vosotros mismos. Y hacer del lugar en el que estéis, sea el que sea, un lugar más humano, mejor para todos los que están a vuestro alrededor, para que el recuerdo sea bueno, para que las huellas sean adecuadas, como las huellas, extraordinarias en algunos casos, que han dejado alguno de las personas que me han rodeado en este pueblo en dos de los mejores años de mi vida por lo que solo me queda daros, una y otra vez, las gracias. Y pediros que nunca que os conforméis, para que las huellas que empecéis a dejar sean exactamente tan intensas como aquellas que habéis dejado en mí.














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